Capítulo 1 “UNA TERRIBLE NOTICIA”

Capítulo 1
“UNA TERRIBLE NOTICIA”

—Iréis a pasar el verano a la granja de los abuelos —anuncia mamá—Les ayudaréis en las tareas del campo.
—¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaa! —llora Luis.
—¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaaa! —llora Luz.
Luz tiene nueve años, Luis siete. Son dos hermanos que se quieren muchísimo. Tanto que Luis cambia siempre la letra “s” del final de su nombre por una “z”: para que su nombre se parezca más al nombre de su hermana.

luzluiz

El problema que se les presenta a Luz y a Luis les resulta tan grande como es el universo para una hormiga.
Los abuelos viven en una granja, en el campo, a diez mil kilómetros de la ciudad. En casa de los abuelos sólo hay luz eléctrica durante una hora. Y para conseguirla hay que estar dando a una manivela, que está conectada a un generador, durante más de 45 minutos. ¡En la casa de los abuelos no hay ni siquiera televisor! Bueno, hay un televisor muy grande, pero el abuelo lo ha puesto en el establo para sentarse sobre él
cuando está cansado de trabajar.

mountainLa granja está situada en las faldas de una montaña. La falda de la montaña es un lugar que está situado antes de subir a la montaña.
No me refiero a que las montañas usen faldas ni zapatos con tacones… aunque les gustaría, pues las montañas son muy coquetas, pero fingen ser inanimadas porque las montañas tienen millones de años de edad y no quieren moverse para no llamar la atención entre la gente, evitar que les saquen fotos con los teléfonos móviles, impedir que los periodistas publiquen esas fotos en las portadas de los periódicos y luego las montañas se vean allí: viejas. ¡Por esto las montañas siempre están quietas, como si no tuvieran vida! Realmente están disimulando.
Antes de que los humanos poblaran la Tierra, las montañas siempre estaban de aquí “pallí”, paseando y provocando terremotos con sus pisadas…

—¡Eso es terrible!—replica Luis— ¡En la granja de los abuelos no puedo jugar a los
videojuegos!
—Y yo no puedo hablar con mis amigas con el móvil ¡En la granja de los abuelos no hay cobertura!
—Pues es vuestra culpa —les explica papá—.Por haber sacado tan malas notas en la escuela.
—¿Y no podéis castigarnos de otro modo? —pregunta Luz— Por ejemplo: vosotros os vais a casa de los abuelos en el campo y nos dejáis a nosotros en casa sólo con un montón de pizzas y el dinero justo para comprar golosinas para sólo dos semanas ¡Ni siquiera tres semanas! ¡Me estoy refiriendo a dos semanas justas de golosinas! ¡Eso es más o menos igual como cruzar el desierto sin agua!
—Lo siento mucho, hijos. Ya está todo dicho. Mañana por la mañana saldréis hacia la granja de los abuelos —zanja mamá.
—¿Y por qué a nosotros nos castigan siempre cuando hacemos las cosas mal y a vosotros no?
—¿A qué te refieres, hijo?
—Pues a que tú cuando perdiste tu trabajo, papá, por hacer las cosas mal en la oficina, nadie te desterró a casa de los abuelos.
Papá baja la cabeza, triste. ¿Cómo explicarle a Luis y a Luz que cuando un papá o una mamá pierde un trabajo recibe, en forma de dolor, el peor castigo que puede recibirse? Un papá o una mamá, lo que más quieren en la vida es tener un trabajo para que a sus hijos no les falte nada de lo que necesitan de verdad. Y si no se tiene trabajo, no se tiene dinero para comprar algunas de las cosas que se necesitan de verdad: como, por ejemplo, un poco de mayonesa para ponerle a un bocadillo de cucarachas…
¿Qué digo? ¡Me equivoqué! ¡A un bocadillo de tortilla! ¡Perdón! ¡Las cucarachas no se comen porque saben horrible! Sólo las serpientes comen cucarachas ¡Pero sólo porque las serpientes no saben utilizar una sartén para prepararse una tortilla! ¡Ay, si las serpientes tuvieran manos! ¡La de tortillas que se harían! Lo que más quiere una unatortillaserpiente en el mundo es tener manos para dejar de comer cucarachas y hacerse tortillas.
—¡No se hable más!—interrumpe mamá— ¡Iréis a pasar unas semanas a casa de los abuelos por las malas notas y para desintoxicaros de los móviles y de los videojuegos!
—¿Qué es desintoxicarse? —pregunta Luz.
—Aprender a vivir sin algo que realmente no necesitas y que te está haciendo daño.
—¡A mí lo que me hace daño es no jugar a los videojuegos! —grita Luis.
—¡A mí me hará tanto daño no poder hablar con mis amigas que moriré de “amiguitis”! ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Tengo “amiguitis”!
Luz comienza a fingir que tiembla sin poder remediarlo: sacudiendo su cuerpo como si fuera una batidora mientras grita:
—¡Ay Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡No puedo parar de temblar como una batidora! ¡Que alguien me dé el móvil para hablar con mis amigas o seguiré temblando hasta que se haga de noche! ¡No puedo paraaaaaaaarrrrrr!
Pero Luz no puede fingirlo más que durante cuatro segundos, porque comienza a marearse.
Se sienta sobre el borde de su cama con la mano en la cabeza, esperando a que su cabeza deje de girar. Además, aunque hubiera seguido temblando durante diez segundos más, sus
padres tampoco le hubieran creído, porque no hay ningún padre en el mundo que sea tan tonto. Bueno, en Tontilandia, sí que hay padres así de tontos. Pero Tontilandia es un país que
aún no se ha descubierto, porque los muy tontos crearon ese país en el centro de la Tierra y sus habitantes no saben cómo salir de ahí para ir a la playa o al supermercado, porque se les
olvidó el camino por el que vinieron. La persona que fundó el país de Tontilandia (hace 500 años) se llama Alberto y es muy, muy tonto. Es el cuñado de alguien. Un día le dijo a sus familiares y amigos que iba a llevarlos de excursión para hacer una barbacoa (él trabajaba en una charcutería y tenía muchas salchichas que estaban a punto de caducar) y el muy tonto, en
lugar de reconocer que se había confundido de camino y estaba perdido, siguió caminando y caminando hasta llevar a sus amigos al centro de la Tierra. A los familiares y amigos les daba
vergüenza dejar de seguir a Alberto, porque también eran muy tontos y porque les gustaban mucho las salchichas. Cuando llegaron al centro de la Tierra (porque se cayeron por un túnel), no supieron volver, así que tuvieron que establecerse allí y comerse todas las salchichas.
Ahora viven en madrigueras y, como se les han terminado las salchichas, comen raíces y gusanos.

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El presidente de Tontilandia sigue siendo Alberto, el cuñado, que no ha muerto todavía porque es tan tonto que su cuerpo no sabe cómo morirse.
—¡No podéis hacernos esto! —lloriquea Luis— Es que… además… lo sabéis. Al abuelo le huele muy mal el aliento. Cada vez que nos habla es como si su boca acabara de tirarse un pedo.
—Por eso necesitas ir. Para recordarle cada día al abuelo que ha de lavarse los dientes. Si se lava los dientes después de cada comida, no le olerá el aliento.
—¿Y por qué no le dice la abuela que se lave los dientes?
—¡Porque la abuela está enamorada del abuelo y no le huele nada! ¡El amor le hace inmune al mal olor!
—¿Quieres decir que, aunque el abuelo le pusiera en la nariz a la abuela un calcetín maloliente, la abuela olería ese calcetín como si fuera un perfume de rosas?
—Exactamente.
—A ver, papá: sácate los calcetines y pónselos debajo de la nariz a mamá ¡Queremos una demostración porque yo no me creo nada de eso!
—¡Abrase visto niños más desconfiados! ¡Venga! ¡A dormir! —dice mamá.
Papá y mamá abandonan el cuarto de los niños, tras apagar la luz. Los niños cierran los ojos, asustados: en sus mentes se dibuja el futuro en casa de los abuelos. Se acuerdan
de que a su abuelo le falta un dedo. Bueno, en realidad le falta la carne que rodea a ese dedo.
En ese dedo sólo tiene un hueso que utiliza, a menudo, para rascarse los agujeros de la nariz cuando siente picor.
—¡Terrible! ¡Terrible! — dice en voz alta Luis.
—¡Angustioso! ¡Verdaderamente angustioso! —dice en voz alta Luz— Estamos acabados como personas e individuos.
—En el campo se trabaja muchísimo… Nos van a salir músculos hasta en las pestañas…
Tras cerrar la puerta del cuarto de sus queridos hijos, mamá y papá se miran con cara de preocupación. Ellos tienen otro problema, un problema que para ellos también es tan grande, como lo es el universo para una hormiga: están pensando en divorciarse. Mamá y papá no saben si quieren seguir juntos. No saben si el amor que les unía lo han perdido (y sólo tienen que encontrarlo otra vez) o se murió como una flor sin agua. Esa es la verdadera razón por la que papá no le puso los calcetines debajo de la nariz de mamá. Esa es la verdadera razón por la que mandan a sus hijos al campo con los abuelos. Quieren vivir un mes separados para pensar si seguir juntos o… divorciarse.

Capítulo 2 “LA EDAD DE LOS ABUELOS Y LAS FLORES DEL CORAZÓN”

Capítulo 2
“LA EDAD DE LOS ABUELOS Y
LAS FLORES DEL CORAZÓN”

Al día siguiente, la familia viaja en tren hasta las afueras de la ciudad. En la última estación de todas, les esperan los abuelos que, como no os los he presentado antes, os los presento ahora: se llaman Tito y Ana.
Mucho gusto.
Los abuelos les habían ido a buscar en una vieja furgoneta que olía a verdura, queso,
chorizo, huevos y pan. Porque esos son los productos que los abuelos transportan los domingos en la furgoneta: para venderlos en el
gran mercado de la ciudad.
—Hola queridos nietos míos —saluda Tito— ¡Qué alegría veros de nuevo! ¡Ay, que contento estoy! ¡Qué contento!
—¡Foooooooooooooooooo! —dice Luis— ¡Qué peste!
—No hables así a tu abuelo!–dice la abuela.
—Déjale —repone el abuelo— Si a mí no me importa. Es una delicia verles. Les echaba muchísimo de menos.
—Abuelo… —dice Luz— Hoy tampoco te has lavado los dientes.
—Pero si me los lavé el mes pasado… Yo pensé que los “dientríficos” modernos duraban mucho más tiempo…
—¡Abuelo! ¡Que hay que lavarse los dientes todos los días!
—Es que se le olvida —le disculpa la abuela— Nada más levantarse se pone a trabajar como una mula. Y no vuelve a la casa hasta que se hace de noche.
—Estáis más viejos que la última vez que os vimos —dice Luis.
—Es como si yo fuera un iPhone 10 y tú, un teléfono de esos grandes y negros que no se podía mover de encima de la mesa y que te obligaban a hablar donde ellos quisieran y no donde quisieras tú —describe Luz.
—Uy, estos niños parecen que tienen la rabia. ¿Les habrá mordido un perro?—pregunta la abuela.
—Bueno… eso de la edad es relativo —dice el abuelo— Yo ahora mismo no tengo 77 años sino 15, porque tengo el corazón muy alegre por volver a veros ¡Mirad con que fuerza levanto vuestras maletas y las llevo a la furgoneta! ¡Esto no lo podría
hacer un viejo de 77 años!… Y vosotros, a las doce de la noche, no tenéis 7 y 9 años, como tenéis ahora mismo, sino 77 y 99 años porque estáis siempre muy cansados. Mi esposa y yo, cada mañana, cuando nos levantamos, tenemos sólo 20 años. Es sólo, a
última hora del día cuando volvemos a ser viejitos.
—Venga —dice mamá— dejémonos de tonterías y subamos a la furgoneta de los abuelos, que nosotros tenemos que volver aquí dentro de un rato a coger otro tren para regresar a la ciudad!
—¡Nooo! ¡Por favor! ¡No os vayáis! ¡No nos dejéis aquí solos!
La familia se sube a la furgoneta de los abuelos y, estos, arrancaron.
—¡A la granja!
—¡Nooooo! ¡Queremos volver a nuestra casa! ¡Echamos de menos la polución y el ruido!
—¡Y yo a mis amigas superficiales! ¡No queremos quedarnos a vivir todo el verano con estas momias!
—Disculpad las tonterías que están diciendo. Ya sabéis que no querían venir —dice papá.
—¿Y eso? ¿Por qué? —pregunta la abuela— ¡Si la otra vez que vinieron se lo pasaron estupendamente!
—Eso era porque yo antes era chico. Tenía 6 años y si me dabas unos folios y unas ceras me ponía a dibujar como un tonto durante toda la tarde sin decir ni pío pío. Pero es que ahora ya soy adulto. Ahora tengo 7 años.
—Y yo 9 años —añade Luz— Estoy preocupada por mi porvenir. Ya no estoy para perder el tiempo.
—Realmente no querían venir porque no tenéis electricidad y una tele que funcione en casa —explica avergonzada mamá— No es por vosotros…
—¿Pero para qué vamos a querer nosotros corriente si es malísima para la salud? —exclama la abuela— El día que la electricidad se pueda comer,
la pondremos en casa.
—La electricidad es para los vagos. El otro día vi una máquina que, con electricidad, atornillaba tornillos, sola ¡Qué “vagancia” es la gente! —se queja el abuelo.
—¡Abuelos! ¡Es que no tenéis ni cobertura en casa! —señala Luz.
—¡Anda! ¡Pero qué bruta! ¡Ahí sí que te has pasado! —dice el abuelo— ¿Cómo que no tenemos cobertura en la casa? ¡Si tenemos un techo! ¿Qué creéis? ¿Que os vais a mojar cuando llueva?¡ Ay que tonto! ¡Ni que fueras de Tontilandia!
—¡Abuelo! Me refiero a cobertura para el teléfono móvil. Para que yo pueda hablar con mis amigas.
—En mis tiempos —dice la abuela— una, cuando se iba de vacaciones, dejaba de ver a sus amigas por unos meses: pero así era mejor, porque a la vuelta, nos reuníamos todas juntas y nos contábamos, con muchas ganas, toooooodo lo que nos había pasado en verano.
—A nosotras nos gusta saber todo al segundo —explica Luz— Por ejemplo, en el tren, justo antes de llegar aquí, vi a un hombre durmiendo, soltando un montón de baba por la boca. Yo le saqué una foto con el móvil sin que él se diera cuenta y… ¡no se la pude mandar a ninguna de mis amigas! ¿Entiendes? ¿Entiendes mi sufrimiento? Yo no puedo presentarme dentro de un mes delante de mis amigas y enseñarles esa foto. Me mirarían como diciendo “o sea, ¿para qué has guardado en tu teléfono una foto de un hombre babeando durante un mes? Estas fotos o se comparten en el momento o se pierde la oportunidad.
—¿La oportunidad de qué?
—De hacer reír a tus amigas y que te quieran más… Si haces reír a tus amigas y cada día les escribes o les cuentas algo gracioso, no te olvidan nunca. Pero si estas mucho tiempo sin decirles nada, puede que te olviden y te dejen de querer. Lo mismo con mamá y papá…si no hablamos con ellos todos los días nos dejarán de querer…¡Nos olvidarán! —y Luz comienza a llorar.
Mamá la abraza y le dice:
—Eso no funciona así, cariño. Te explico. Nosotros nos vamos a ir y vamos a dejaros de ver todo el verano ¿Tú crees que os vamos a olvidar o dejar de querer? No. Porque en nuestro corazón tenemos acumuladas un montón de fotos, chistes y momentos
con vosotros. Momentos buenos y momentos malos, todos cuentan. Esos recuerdos no se borran: sino que forman una semilla que llena de flores el corazón. Y las flores que se forman dentro del corazón no les hace falta ni que las rieguen ni que las
poden. Son flores eternas. Por eso da igual que nos dejemos de ver por unas semanas. Nuestras flores impedirán que os olvidemos nunca.
—Es como las series que veis por internet. —dice papá— Cuando se acaba una temporada no las olvidáis. Si no que os fastidia y os pasáis seis meses deseando que empiece la nueva temporada, ¿verdad? Y cuando empieza estáis superemocionados.
Pues esa emoción la sentirás y las sentiremos cuando volvamos aquí a recogeros.
—Sí, todo eso genial. Asunto solucionado para ella. Pero yo me quedo sin videojuegos y sin películas.
Y os aseguro que esas cosas no están dentro de mi corazón. ¡Me voy a aburrir como una ostra en el desierto! —protesta Luis.
—¡Pues haber sacado mejores notas! —dice mamá.
Ya habían llegado a la granja, así que Luis, visiblemente enfadado, se baja de la furgoneta y toma su pesada maleta:
—¡No os necesito para nada! ¡Iros! ¡Iros! ¡Dejadnos con estas momias! —grita hecho una furia.
Luis sube las escaleras de la casa. En el segundo piso está la habitación en la que dormirá junto a su hermana, lo recuerda de las otras veces que han venido a quedarse.
El abuelo descarga la maleta de Luz y sube las escaleras de la casa, hasta la habitación en la que se encuentra Luis. Allí está: mirando enfadado a través de la ventana.
—¿Qué juego de ordenador echas de menos?
—Si pudiera, ahora estaría jugando al “Comando Misión Letal”.
—¿De qué va eso?
—Yo soy un soldado y tengo que matar zombies.
—Mmm… aquí puedes jugar también a eso. Pero de forma más real. Ahora regreso.
El abuelo va hasta el cobertizo y regresa con una gorra de cuando él estuvo en la guerra, se la pone a Luis en la cabeza y le entrega un matamoscas.
—No sé si te has fijado que la casa está llena de moscas y son un incordio porque se te meten en los ojos y se posan sobre la comida. Por cada mosca que mates tienes 10 puntos. Y por cada mosquito, 50 puntos.
—Pero eso no es emocionante.
—Lo es. Porque cuando las moscas vean que las estás matando, se aliarán contra ti y formarán la gran mosca. Una mosca gorda, tan grande como un cerdo pero con alas. Esa mosca irá a por ti y entonces tendrás que demostrar de lo que estás hecho: si eres un héroe o un cobarde.
—Eso no puede ser verdad…
—Pues prueba. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que viniste aquí, ¿sabías eso?
—¿En qué sentido?
—Una parte del bosque estaba encantando. El bosque ha ido creciendo y ahora, nuestra casa, también está encantada.
—Estás bromeando. Esas cosas estaban bien que me las contaras cuando yo era un niño, pero, como te dije antes, ahora soy un adulto ¡No me lo creo!
—¿Ah, sí? Pues empieza a matar moscas y verás lo que pasa.
El abuelo se marcha del dormitorio. Luis se queda pensando, solo en la habitación, con el matamoscas en la mano. Una mosca se posa sobre la ventana. La mosca se queda mirando a Luis. Luis mira a la mosca.
Mientras piensa si aplastarla o no, la mosca sonríe a Luis y le dice:

mosca
Dicho esto, la mosca sale volando y desaparece.
—¿Qué? ¿Ha hablado? —piensa Luis— ¡Eso es imposible! ¡La mente me ha jugado una muy mala pasada!
—¡Luis! ¡Baja! —grita Luz— ¡Que papá y mamá se van!
Luis y Luz se despiden de papá y mamá, con lágrimas en los ojos.
—Jamás volveremos a sacar malas notas —les prometen— ¡Por favor! Esto es demasiado castigo.
Unas horas de tren después, de regreso en la ciudad, mamá y papá se despiden también. Marchan por caminos diferentes. Mamá pasará el mes de vacaciones, en la costa, en casa de una de sus primas. Papá decide quedarse en la ciudad, tratando de encontrar un trabajo.
Cuando papá y mamá se separan, ambos piensan qué pasó con las flores que tenían dentro de sus corazones y que se habían formado con el amor que habían sentido el uno por el otro, el amor que les había impulsado a casarse y a formar una familia.
—¿Dónde estarán esas flores? —piensan.
Ambos envidián a los abuelos: ellos llevan juntos más de 50 años y cada año que pasa, parece que se quieren más y más. ¿Por qué ellos no pueden vivir eso también?… ¿Por qué?

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Capítulo 3 “MI GOZO EN UN POZO”

Capítulo 3
“MI GOZO EN UN POZO”

—¡SARDINAS EN LATA! —canta una voz en mitad de la noche.
Luis abre los ojos:
—¿Quién está cantando?
Luz también abre los ojos para saber qué hora es: mira su teléfono móvil que está en la palma de su mano. Luz duerme abrazada a él, como si su teléfono móvil fuera un osito de peluche.
—Son las 5 de la mañana —dice.
—¡SARDINAS EN LATA! ¡SARDINAS EN LATA! —vuelve a cantar alguien.
Los niños miran por la ventana. Es el gallo quien canta esas palabras.

sardinas
—¿Pero los gallos no cantan “kikirikí”? —pregunta Luis a Luz.
—¡Eso creía yo también!
Tito y Ana entran en la habitación.
—¡Ya se va a hacer de día! ¡A desayunar!
—¿Por qué el gallo canta “sardinas en lata” en lugar de “kikirikí”?
—¡Oh! Antes el gallo siempre cantaba “kikirikí”. Pero de un tiempo a esta parte cada mañana canta lo que quiere. La pasada semana cantaba “¡ABAJO EL GOBIERNO! ¡ABAJO EL GOBIERNO!”. Y nos preocupamos: porque no sabíamos si se refería
al gobierno de la nación o se refería al gobierno de la granja. A lo mejor pretendía organizar, junto con el resto de los animales de la granja, un levantamiento
animal contra nosotros. Gracias a Dios ha dejado de cantar eso y ahora canta “sardinas en lata”.
—Yo creo que lo único que pasa, es que ese gallo es mitad loro. A lo mejor su padre era un loro y su madre una gallina —dice la abuela.
Los niños se miraron extrañados.
—¿Pero esto es superextraño? ¿No?
—Se lo íbamos a contar a vuestros padres antes de que os trajeran, pero como ellos… ellos querían castigaros por vuestras malas notas… preferimos callarnos y no contarles nada de los hechos extraordinarios que estamos presenciando desde hace unos días en la granja.
—Sí. Al fín y al cabo, estos sucesos no son malos ni peligrosos. Son cosas graciosas.
—¿Qué más cosas han pasado? —preguntó Luz.
—Pocas cosas más aparte de lo del gallo o que las cabras no quieren hacer sus necesidades en el campo, sino en el cuarto de baño de nuestra casa. Si nos
despistamos y dejamos la puerta de la casa abierta, las cabras forman una cola de aúpa en nuestro baño porque todas quieren utilizar el váter ¡Venga! ¡A
desayunar! Hay que desayunar bien, para poder trabajar bien.
—¿A desayunar ya? ¡Pero si aún no se ha hecho de día!
—¡Dentro de poco llegará la luz del sol! El gallo nos despierta cada día para avisarnos. Cuando el gallo canta, a la hora llega la luz del sol.
—Recordad que aquí no hay luz eléctrica. Así que hay que aprovechar la luz del día a tope, si queremos encargarnos de todas las cosas de la granja. Cuando terminemos de desayunar, la luz del día ya estará lista para nosotros.
—Pero es que aún no tenemos hambre. Y estamos de vacaciones —repuso Luis.
—¿Seguro que no tenéis hambre?
Tras decir esto, Tito abre la puerta del dormitorio de los niños un poco más… permitiendo que un gran olor de pan recién hecho inunde el dormitorio de los niños…
—Hemos preparado pan y hay mermelada de unas moras que pillamos ayer por el camino… También os hemos hecho una tarta de merengue y frutas…
El olor que llega a los niños es tan maravilloso, que aunque quisieron fingir haciéndose los duros, no pudieron hacer otra cosa que bajar a la cocina a ver lo que los abuelos habían preparado. ¡Se les hizo la boca agua! Luz y Luis
se sentaron en la mesa y comenzaron a comer como si el mañana no existiera.
Tras desayunar el mejor desayuno de sus vidas, los niños quisieron ir a ver al gallo que cantaba “sardinas en lata” en lugar de “kikirikí”.
Luz utilizó su teléfono móvil para grabarlo en vídeo. Luis se preguntó dónde estaba el abuelo: se dio cuenta de que el abuelo se había alejado. Lo encontró arreglando la ropa de un espantapájaros que está, haciendo su trabajo de espantapájaros, en mitad de un huerto de guisantes. El abuelo se entretiene abrochando, alrededor del cuello, una simpática pajarita roja de terciopelo raso. También le coloca, con cariño, un sombrero de copa:
—¿Por qué le pones una pajarita tan bonita a ese muñeco? ¿Por qué le cuidas tanto? ¡Ese sombrero tiene pinta de ser muy caro!
—Porque si cuidas de la granja y das amor a tu trabajo, la granja y tu trabajo cuidan de ti.
—¡Buf! En esta granja están todos locos —sentencia Luis— Ese sombrero y esa pajarita son muy elegantes… El espantapájaros va mejor vestido que tú, abuelito.
Mientras tanto, Luz ha terminado de grabar el vídeo del gallo. Anda con el teléfono en la mano. Se ha alejado del gallo, de Luis y del abuelo: los dos han dejado al espantapájaros y se han ido a dar de comer a los cerdos. Luz busca —por el terreno de la granja— una rayita de cobertura para mandar el vídeo que acaba
de grabar a sus amigas.
—Seguro que este vídeo se hace famoso y supera el millón de visitas en el “You Tube” —piensa Luz—Y yo también me haré superfamosa por haberlo grabado.
Mientras camina, los saltamontes huyen de las pisadas de Luz.
—¡Qué asco! ¡Un saltamontes! —dice Luz.
—¡Qué asco! ¡Un humano! —dicen los saltamontes en su idioma.
La cara de Luz se ilumina de felicidad… ¡Está sucediendo un milagro! ¡Una rayita de cobertura! Pero, no… ¡Tan pronto como aparece la
rayita, desaparece inmediatamente!
—¡Aquí estabas rayita! ¡Aquí estabas! ¡Rayita!
¿Dónde te has ido? —se desespera Luz— ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Luz se sube al borde del pozo. De ese pozo Tito y Ana recogen agua cada día, para beber ellos y el ganado. La rayita de cobertura regresa al móvil de Luz.
—¡Ahí estás, rayita pillina! —grita feliz.

rayita

La felicidad de Luz dura sólo un segundo. Desgraciadamente, pierde el equilibrio… ¡Cae por la profundidad del oscuro pozo! Su cabeza se golpea con una de las duras paredes del pozo… cae al agua inconsciente. Luz comienza a ahogarse, con los ojos cerrados. Si, en ese momento, pudiera mandar un mensaje a sus
amigas, sería este:
🙁

—¿Dónde está Luz? —pregunta Ana.
—¡Ni idea! —contesta Luis— ¿Te crees que soy su guardaespaldas?
—¡Luz! —grita Tito.
—¡Luz!— grita Ana.
Luz despierta. Está sobre la hierba del prado.
Le duele la cabeza: tiene un chichón del tamaño de un tomate. Toda su ropa y cabello está empapada.
—¿Dónde está mi teléfono? —piensa— ¿Por qué no está en mi mano?
Entonces recuerda que se cayó al pozo… ¿Y eso?… ¿Cómo es que ahora está sobre la hierba?
Luz se levanta del suelo, asustada. Comienza a gritar:
—¡Mi móooovil! ¡Mi móooovil!
Mira al interior del pozo. Allí está. En el fondo del pozo. Justo donde debería estar ella, sin vida. Tito y Ana corren hasta donde la niña grita.
—¿Qué te pasa?
—¡Oh! ¿Por qué estas tan mojada?
—¡No lo sé! ¡No lo sé! Me caí ahí dentro.
—¿Te metiste dentro del pozo para darte un baño!
—¡No!
—¿Cómo saliste del pozo? ¡Es imposible salir del pozo!
—¡No lo sé! ¡No lo sé!
Tito y Ana se miraron muy asustados, sin entender nada. Luis se asustó mucho ¡Su hermana podría haber muerto! Abraza a su hermana fuertemente y, con lágrimas en los ojos, le dice:
—¡Hermanita! ¡A partir de ahora seré siempre tu guardaespaldas!
Ana mira dentro del pozo. Finalmente dice:
—Tal vez estás equivocada. No creo que te hayas metido ahí dentro. Si te hubieras metido, no podrías haber salido. A lo mejor lo que hiciste es tomar un cubo de agua y tirártelo por encima porque tenías mucho calor. Pero con tan mala suerte que el cubo se te cayó sobre la cabeza y no lo recuerdas. De ahí el chichón ese tan grande que tienes adornándote la cabeza.
—¡Te prometo que no, abuelita! ¡Me caí dentro del pozo!
—¡Eso es imposible! ¡Lo que pasa es que te da vergüenza decir que se te cayó el cubo de agua encima!
¡Anda, no seas tonta! ¡Eso son cosas que pasan!
Y todos marchan al interior de la casa: para que Luz se seque y para curarle ese pedazo de chichón.
—No te preocupes hermanita —dice Luis— Yo te dejaré mi teléfono móvil para que no te de “amiguitis”.
Cuando los abuelos y los niños pasan al lado del espantapájaros, están tan nerviosos y extrañados por lo sucedido, que nadie repara en que el espantapájaros está empapado.

Capítulo 4 “EL HIJO DE LA VACA”

Capítulo 4
“EL HIJO DE LA VACA”

—¡La vaca va a dar a luz, la vaca va a dar a luz! —anuncia el abuelo.
—¡Bien! —grita de alegría la abuela.
Los abuelos y los niños van corriendo hasta el establo. Los niños piensan que, la verdad, aún no han conseguido aburrirse en la granja.
¡Allí se vive al límite!
—¡Yo quiero ver nacer al hijo de la vaca! —Luis, se llaman terneros — le corrige Luz.
La vaca comienza a mugir y rompe aguas.
Pero, en lugar de salir un ternero de la vaca, sale un vecino.
—¡Paco! ¿Eres tú? —se asusta Tito— ¿Qué haces ahí?
—¡Dios mío! ¡No sé! ¡Pero si yo estaba en Alemania!

vaca-transporte

—¡Es verdad! —afirma la abuela—. Te fuiste a Alemania el año pasado.
Paco se levanta del suelo. Está totalmente empapado por haber salido de la placenta de la vaca.
—Tito, Ana…, ¿tenéis una toalla con la que secarme? ¡No entiendo nada! Estaba trabajando en una oficina en Alemania ahora mismo. Pensando
en todo lo que echaba de menos el pueblo. Y en Andrea…
—¿Andrea? ¿La hija de Ernesto, el lechero?
—Sí. Decidme, por favor. Sé que es una pregunta un poco indiscreta pero necesito saberlo… ¿Andrea está casada?
—No. Ni se le conoce novio —responde Tito.
—¿Cómo va a tener novio ni va a estar casada?
¡Paco! ¡Recuerda el disgusto que pilló cuando te marchaste a Alemania! Andrea me estaba contando el otro día que no podía olvidarte. Que pensaba
en ti todos los días.
—¡Y yo también! —llora Paco— ¡Jamás debí de irme del pueblo! ¡La amo! ¡La amo!
Paco, aún empapado con el líquido de la placenta, sale corriendo de la granja de Tito y Ana, en dirección a la casa de Andrea, gritando:
—¡ANDREA! ¡ANDREA! ¡TE AMO! ¡HE VUELTO PARA QUEDARME A TU LADO!
Los abuelos y los niños se miran extrañadísimos.
¡Qué nuevo suceso paranormal habían presenciado! ¡Aún estaban boquiabiertos!
—Abuelo… lo que me dijiste ayer sobre que la granja está encantada… ¡Es verdad! ¡Al segundo de decírmelo una mosca me habló!
—¿Que te habló una mosca? —rio Luz— ¿Y qué te dijo? ¿Que estaba mosqueada?
—No. Me dijo que no la matara con el matamoscas.
—¿Y tú le hiciste caso?
—Hijo, te prometo que te dije de broma eso del bosque encantado. Yo también estoy extrañadísimo de tantas cosas que están pasando. No nos las explicamos.
—¿Y por qué me dijiste entonces eso del bosque encantado?
—¡Para que te distrajeras y dejaras de estar enfadado!
Hasta ayer, lo más raro que nos había pasado, fue lo del gallo ¡Pero ahora parece que un duendecito se está riendo de todos nosotros!
Ana toca la barriga de la vaca.
—¡Por aquí no hay nada más! ¿Y el ternero? ¿Nos hemos quedado sin ternero?
—¡Qué extraño! ¿Dónde estará el ternero?
Si los abuelos y los niños estaban extrañadísimos más aún andaban extrañados en Alemania.
De pronto, en la oficina, en la silla en la que hasta hace nada estaba sentado Paco, había aparecido una ternera recién nacida.
—¡Esto es intolerable! —dijo, en alemán, el jefe de la oficina, viendo a la ternera—¿Quién ha traído a esta ternera aquí? ¿Y dónde está Paco?
¡Tiene mucho trabajo para desaparecer, así, de pronto! ¡He preguntado que quién ha traído esta ternera a la oficina! ¡Soy el jefe y me tenéis que responder!
¡Es una falta de respeto que hayan traído esta ternera! ¡Que se vaya de aquí! ¡Que alguien llame a la policía! ¡O a la perrera de vacas!

Vino un policía que se llevó la ternera a comisaría. Allí, no sabía dónde ponerla y la dejó en las perreras, junto a los perros policía.
Al día siguiente, el policía se fue de vacaciones un mes y medio a las playas de Canarias, olvidándose de la ternera, absolutamente. Cuando regresó a la comisaría, se encontró que los perros policías habían enseñado a la ternera y esta, había aprendido todos los trucos de la profesión. Con el tiempo, la ternera creció y se convirtió en la primera vaca policía. Tan lista era la vaca que, diez años después, se convirtió en la primera vaca comisario. Y, treinta años después, en la jefa del ejército vegetariano de
Alemania.

vaca-militar

Capítulo 5 “LA CULEBRA ROSA”

Capítulo 5
“LA CULEBRA ROSA”

Luis, a la sombra de un árbol, se está comiendo un trozo de sandía superfresquita. Piensa que comer sandía es más refrescante que tomarse un refresco con gas. Además los refrescos con gas producen pedos. Y él lo pasa muy mal cuando se tira un pedo en clase y todos sus compañeros de clase se ponen a preguntar:
—¿Has sido tú? ¿Has sido tú?
Porque él, siempre que se tira un pedo, se pone superrojo de vergüenza y todo el mundo sabe que ha sido él. Luis decidió que, a partir de ahora, siempre que tuviera ganas de tomar algo fresquito, buscaría una sandía. Estaba pensando si, para invitar a sus amigos, podría cargar con una sandía dentro de su maleta del colegio cuando una culebra le mordió en el tobillo:
—¡Aaaaaaahhhhhhh! —grita el pobre Luis.
La culebra, tras morderle, desaparece entre la hierba.
—¡Socorro!, ¡socorro!, ¡abuelitos!, ¡socorro! ¡Voy a morir!—grita muy asustado Luis.
—¿Qué te ha pasado, Luisito?
—¡No me llames Luisito que me da vergüenza!
Luis enseña el tobillo a los abuelos: la mordedura le ha provocado una gran hinchazón.
—¡Me ha mordido una serpiente!
—No te preocupes. Es una mordedura muy pequeña. Habrá sido una culebrilla y todas no son venenosas. Por aquí hay algunas, de vez en cuando, porque los ecologistas están repoblándolas.
—¡Ya podrían repoblarlas en sus casas! —protesta la abuela.
—Vamos al hospital, subámonos a la furgoneta.
No es grave, pero mejor que te mire un médico —dice Tito.
Los abuelos y los niños van en dirección de la furgoneta pero, a cada paso que da Luis, la pierna y el cuerpo se le van hinchando más y más. Diez pasos más tarde Luis se convierte en un globo humano que comienza a elevarse por el aíre: en dirección al cielo.
—¡Socorrro! ¡Vueloooooooooo!
—¡Hermanito! ¡Hermanito! ¡No te vayas volando por el cielo! ¡Que me quedo sin hermanito!
Ni corta ni perezosa, Luz salta todo lo que puede y logra alcanzar y agarrar el pie de Luis: pero en lugar de conseguir bajarlo al suelo, Luz también se eleva por el cielo.
—¡Nos vamos volando, abuelos! ¡Adióooos muy buenaaaas!
El abuelo salta hacia el pie de Luz, lo agarra y también se eleva con los niños ¡Luis se ha hinchado tanto que ya es del tamaño de un coche!
—¡Esposaaaaaaaaa! —grita Tito— ¡Que nos vamos volando! ¡Adióooos muy buenaaaas!

socorro
Ana suelta su bastón y también agarra el pie de Tito, para tirar hacia abajo y que sus nietos y su esposo no se vayan volando por el cielo.
No tiene éxito. En ese momento Luis se había hinchado tanto que ya era del tamaño de un globo aerostático. Nietos y abuelos se elevan por el aire, agarrándose muy fuerte los unos de los otros.
—¡Luis! ¡Baja! ¡Desínflate! ¡Que estamos subiendo en dirección a la luna!
—¿Y cómo lo hago?
—¡Tiremos para abajo! ¡Hagamos fuerzas hacia abajo!
La familia lo hizo. Pero nada ¡Seguían subiendo!
—¡Seguimos subiendo! —dice Ana— ¡Nos vamos a vivir a la Luna! ¿Y ahora quién le dará de comer a las gallinas y a las vacas?
—¡Ponte de pesado, hermanito! —dice Luz.
—¿Cómo?
—Sí. De pesado. Como cuando te pones a hablar todo el rato y a reprenderme y a contarme cosas de videojuegos y de películas que no me interesan nada
y no paras de hablar: blablablá, blablablá, blablablá…
—No creo que eso funcione… —dice Tito.
—Bueno, lo voy a intentar… Voy a contaros una anécdota de pesado que me pasó el otro día con mi amigo Eustaquio…
Luis se pone a hablar sin parar: se pone a hablar de una cosa que le había dicho su amigo Eustaquio en el colegio, de cómo iba vestido Eustaquio ese día, del chicle que estaba masticando Eustaquio ese día…
—Creo que era un chicle de fresa… o de menta… o de regaliz… o de limón… o chicle de sabor de caramelo o de… —Luis habla muy despacito para
resultar aún más pesado.
—¡Dios mío! ¡Qué pesado! —grita Ana— Con eso no vais a conseguir nada, salvo darnos dolor de cabeza ¡Vamos a llegar a la Luna con dolor de cabeza!
Luis sigue hablando de Eustaquio, de cómo iba peinado ese día, de cómo llevaba los calcetines Eustaquio, uno arriba y otro bajado… ¡Luis es un auténtico pesado! ¡No para de hablar de cosas que no interesan a nadie!
Tan pesado que… ¡funciona! La infección de la culebra se cansa de él y Luis comienza a desinflarse y a bajar.
—¡Vivaaaaaaaaa! —grita Luz.
—¡Qué increíble! ¡Qué cosas más extrañas están pasando! —dice Ana.
—¡Ahora podré darle de comer a las vacas!
Pero Tito tuvo mala suerte. Cuando se posó en el suelo… ¡se torció un tobillo!
—¡Ay, no puedo caminar! —se queja.
—Bueno, pues vayamos al hospital de una vez.
Para que miren la mordedura en el pie de Luis y para que te pongan a ti un yeso en el pie ¡Desde luego que hoy ninguno de los dos habéis empezado el día con buen pie… ¡Yo conduciré! —indica Ana.
Así fue: la familia se monta en la furgoneta, rumbo al hospital. El hospital está a cinco horas de distancia de la granja. Así que, cuando volvieran, ya sería bien entrada la noche.
—¡Pobres vacas! —llora Tito— ¡Pobres vacas!
Hoy van a quedarse sin comer.
—¿No podemos darles de comer nosotros a la vuelta? —preguntan los niños.
—Imposible. La comida de las vacas es paja seca que está envuelta en plástico, en unos rollos que pesan casi tanto como tú antes, Luis. Hay que elevarlos con el tractor y traerlos hasta el establo. Ni Ana ni vosotros sabéis utilizar el tractor. ¡Yo no
puedo conducirlo porque tengo el pie malo! ¡Ay qué pena las vacas! ¡Qué penaaaaa!
—Muuuuuuuuuuuuuuu. — dice una vaca.
—¿Ves, Ana? Están diciendo que tienen hambre.
—Abuelo, ¿tú entiendes el idioma de las vacas?
—¡Claro! Todo el mundo en el pueblo habla el idoma de las vacas, por eso nos llevamos tan bien con ellas y son tan pacíficas. Hemos descifrado su idioma. El idioma de las vacas consiste en entonación y alargamiento de la letra “u”. Ocho “ues” en “mu” significa “Hola qué tal, bonita tarde, ¿verdad?”. En cambio, siete “ues” en “mu” significa. “Pues parece que hoy va a llover”. Según el número de “ues”, la palabra mú significa una cosa u otra.
—Muuuuuuuuuuuuuuuu.
—¿Y qué está diciendo ahora, abuelo?
—Que les traigamos, aunque sea, unos sándwiches y unos donuts del bar del hospital.

Por la noche, cuando regresaron del hospital, con Luis y Tito tratados, Ana lleva los sándwiches y los donuts a las vacas. Pero las vacas no quieren comer más. Dicen:
—Muuuuuuu Muuuuuuu Muuuu.
Que significa:
—Ya hemos comido. Nos trajeron mucha paja. Gracias. Estamos llenas. Sólo queremos dormir. Por favor, sal del establo que nos has despertado, cierra la puerta y apaga la luz.
Ana mira y comprueba que es cierto lo que las vacas dicen. Alguien ha ido hasta el monte con el tractor, ha tomado los rollos de paja y los ha traído hasta la granja: colocándolos delante de las vacas…
—¿Quién ha sido? —pregunta Ana a las vacas.
—Muuuuu muuuuuuuuuu Muuuu.
Que quiere decir:
—No te lo decimos. Es un secreto. Y ahora no seas pesada y déjanos dormir… ¡que eres más pesada que una vaca en brazos! —dice la vaca enfadada.
Ana regresa a la casa y se lo cuenta a Tito:
—¿Quizá fue Paco, el paisano que vivía en Alemania y que regresó al pueblo a través de la vaca?
Quizás vino a darnos las gracias y las vacas le dijeron que estaban hambrientas.
—¿Él también habla el idioma de las vacas? —pregunta Luz.
—¡Claro! Es del pueblo.
Pero no. No había sido Paco quien dio de comer a las vacas… ¡Había sido el espantapájaros!
¡Sólo que aún nadie lo sabe!

A mitad de la noche, Luz y Luis se levantan de la cama, caminan hasta donde Ana y Tito duermen. Luis, mueve el hombro del abuelo, despertándole.
—¿Eh? ¿Qué pasa, hijo?
—Hemos estado hablando y nos sentimos muy mal.
—¿Por qué?
—Porque os dijimos cosas feas en la estación de tren —dice Luz.
—Realmente no te huele el aliento y no eres para nada un viejo. Te quiero mucho abuelo —dice Luis.
—Y yo.
—No os preocupéis, hijos. No hay nada que perdonar—dice Tito.
—Nosotros también os queremos mucho —dice Ana.
—Podemos dormir con vosotros, ¿por favor?
—Venga… vale.
Los abuelos hicieron espacio y Luz y Luis se metieron en la cama con ellos.
—Abuelo —dice Luis— ¿puedes abrazarme para así poder dormir mejor?
—Claro, hijo —dice Tito con lágrimas en los ojos de emoción.
Y antes de que Luis cerrara los ojos y se elevara hasta los más dulces sueños, escuchó al abuelo decir:
—Sí que me huele el aliento. Lo que pasa es que me quieres tanto como la abuela y no lo notas.

Capítulo 6 “EN EL MERCADO”

Capítulo 6
“EN EL MERCADO”

—¡Los coreanos atacan! ¡Los coreanos atacan! —canta el gallo.
—¡Hoy es domingo! —grita el abuelo a las 5 de la mañana, desde la cama—¡Hay que ir al mercado! ¡A levantarse todo el mundo!
—¡Abuelo! ¡Pero si tienes el tobillo mal! —señala Luz.
El abuelo se levanta cojeando y camina hasta el cuarto de baño. Comienza a lavarse los dientes mientras dice:
—Eso da igual. Cada domingo tenemos que ir al mercado de la ciudad. Allí montamos un puesto y vendemos productos del campo. Con el dinero que ganamos compramos piensos y medicinas para los animales.
—Y ropa y pagamos los impuestos… —añade Ana— ¡Ese es nuestro trabajo!
Tras el desayuno (esta vez desayunan pan con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y unos huevos fritos con beicon… tienen que comer mucho, porque hoy van a tener que trabajar mucho) el abuelo baja las escaleras como puede y, junto a su esposa y los niños, ayuda a cargar la furgoneta con huevos, sandías, lechugas,
sacos de patatas y cebollas, quesos y chorizos caseros. También cargan unas cuantas
cestas artesanales que hace el abuelo con mimbre.
—¡Rumbo al mercado de la ciudad! ¡A ver si tenemos un gran día de venta!

Es muy temprano cuando la familia llega al mercado de la ciudad. Ni siquiera el sol se ha despertado del todo.
—¡Hola Tito y Ana! —les saludan los demás vendedores del mercado, que también acaban de llegar —¿Quiénes son esos niños tan guapos que os acompañan?
—Son nuestros nietos —responden los abuelos, orgullosos.
—¡Son tan guapos que parecen estrellas de cine! —dice una vendedora de otro puesto más lejano.
Ana aparca la furgoneta en mitad de la plaza y la familia comienza a descargar los productos agrícolas y los hierros con los que comienzan a montar el puesto. Cuando terminan, la abuela se lleva la furgoneta hasta a un parking cercano y regresa al puesto: a esperar que lleguen los clientes. A eso de las 10 de la mañana comienzan a llegar. Todos los puestos del Mercado, más de quinientos, están preparados
para recibirlos.
—¡Se nos olvidó traer el gallo! ¡Qué pena! —dijo Luz—¡Si lo hubiéramos traído, se hubiera puesto a cantar las cosas raras que canta y el puesto se hubiera llenado de gente!
—¡Ay! ¡Tienes razón! El próximo domingo lo traemos.
El Mercado comienza a llenarse de mucha gente. Vienen de todos los lugares de la provincia.
—¿Por qué viene tanta gente a comprar las cosas del campo? —preguntó Luis— ¡Es estúpido! En los supermercados hay también todas estas cosas …
—Ya. La gente que nos compra productos a nosotros, que se los traemos del campo, está más sana.
La gente de la ciudad se acostumbró a comprar cosas empaquetadas. Es mejor comer cosas que están esperándote en la rama de un árbol o bajo la tierra.
La Tierra nos da todo lo que necesitamos. Pero en la ciudad usan el suelo sólo para pisarlo o hacer carreteras.
Por desgracia, no sé muy bien cómo, algunas personas malvadas se llevaron del campo a todas las personas y las metieron en las ciudades. Allí les llevan comida empaquetada, criada entre pesticidas y productos químicos. A los niños les han enseñado que, en lugar de tomar una mora de una zarza cuando les apetece una golosina, es mejor comprar una bolsa con chuches de plástico con azúcar. A
los mayores les han dicho que no hay tiempo para cuidar de un naranjo y de tomar de allí las naranjas para hacerse un zumo. Esas personas malvadas les han dicho que es mejor que compren un zumo empaquetado desde hace meses. Es terrible. Así
que nosotros venimos cada domingo a la ciudad a vender nuestros productos para la gente que es lista y que no quiere hacer caso a la gente malvada que quieren que coman mal.

—No hagas caso al abuelo, Luisito —dice Ana—¡No hay ningunas personas malvadas que hayan secuestrado a la gente y llevado hasta la ciudad! Lo que pasa es que Tito es un ultradefensor de la vida en el campo. Vivir en la ciudad tiene cosas también muy buenas. Por ejemplo, puedes ir al cine cuando quieras o, si necesitas ir al hospital, no tardas 5 horas como nosotros el otro día. ¡Además hay más gente para poder hacer más negocios y fiestas más grandes! Hay gente que prefiere vivir en la ciudad y otras, en el campo ¿A ti dónde te gusta vivir más?
Luis se queda pensando un rato, hasta que da con la respuesta:
–Si papá y mamá y todos mis amigos vivieran en el campo, preferiría vivir en el campo. Con vosotros.
Un señor, muy gordo y con la tez de la piel de color rosa se acerca al puesto. Luz piensa que le recuerda a alguien, pero no sabe a quién:
—¡Ah! ¡Ya sé! ¡Se parece a uno de los cerdos de la granja!
Luz decide callar su observación: no la dice en voz alta porque sería de muy mala educación.
—¿Son frescos estos huevos? —dice el señor que se parece a un cerdo.
—Sí. Las gallinas lo pusieron esta misma mañana —contesta la abuela.
—Quisiera llevarme unos cuantos huevos, por favor—dice.
—¿Cuántos huevos desea el señor?
—Una docena, por favor. Deseo hacerme unas cuantas tortillas de patatas para almorzar.
—¡Con mucho gusto!
La abuela comienza a colocar los huevos dentro de una huevera de cartón. Al tomar uno de los huevos se sorprende:
—¡Cuánto pesa este huevo! ¡Parece una piedra! —dice.
La abuela aparta ese huevo y sigue llenando la huevera.
—¿Desea algo más? —pregunta al señor cerdo.
—Quisiera también un chorizo muy grande y oloroso.
Quiero colgarlo del techo del salón. Mi mujer está muy flaca y el médico ha dicho que debería comer más. Seguro que, oliendo ese chorizo todos los días por la casa, se le despierta el apetito.
La abuela se vuelve para ir a buscar el chorizo y, sin pretenderlo, roza el huevo que había apartado. El huevo cae al suelo y se rompe. Luz recoge el huevo del suelo y, al verlo de cerca, no puede creer lo que ve:
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Este huevo es de oro! —grita Luz fuera de sí.
Todo el mundo en el mercado mira hacia Luis, sorprendidos por lo que acaban de escuchar. El abuelo se acerca todo lo rápidamente que su tobillo enyesado le permite y toma el huevo:
—¡Qué tontería! ¡Ja,ja,ja,ja! No es de oro, niña, no digas tonterías. Es un huevo de madera pintado de amarillo que yo tenía aquí puesto para darle peso a las hueveras de cartón y que no se fueran volando si entra viento ¡Ja,ja,ja,ja,ja! Pero se ha roto y ya no sirve.
Y dicho esto tira el huevo a la basura.
—¡Pero abuelo! —se queja Luz.
El abuelo mira a Luz con los ojos muy abiertos, con una cara muy extraña… y le susurra en voz baja:
—Cállate, no digas nada más… que luego te explico.
Y le guiña un ojo de forma misteriosa.
Tras decir esto, el abuelo sigue trabajando y atendiendo a los clientes que van acercándose al puesto; por ejemplo unos turistas esquimales que hablan un idioma extraño y a los que no entiende: no sabe si le están pidiendo pepinos o preguntándole cómo se llega a la Catedral.
La abuela termina de atender al señor que se parece a un cerdo. Cuando Ana pasa al lado del abuelo, éste le susurra:
—¡Anita! Con disimulo, ve hasta nuestra basura sin que nadie te vea. ¡Nos ha tocado la lotería! ¡Una de nuestras gallinas da huevos de oro!
Ana abre los ojos repletos de alegría. Si la locura que está diciendo su marido es verdad…
¡Se terminaron los problemas económicos de la familia! ¡Son ricos! ¡La vida va a ser aún más maravillosa de lo que lo es ya todos los días!
Y eso habría sido así, si no fuera porque Botella estaba cerca del puesto de los abuelos.
Botella es una de los miembros de la peligrosa banda de “La banda del guante blanco”. No sólo había visto el huevo de oro y escuchado lo que Luz había gritado, sino que, además, había leído en los labios de Tito lo que le había dicho a Ana. Porque Botella, entre otras muchas cualidades que utilizaba para hacer el mal, era
una experta lectora de labios:
—¡Así que estos viejitos tienen una gallina que da huevos de oro! ¡Pues habrá que decírselo al resto de la banda y seguirlos con disimulo hasta su granja para robársela! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Con el dinero que ganemos vendiendo esa gallina me iré a vivir a la
playa y allí me dedicaré todo el día a gandulear y a beber botellas de vino y de cerveza! ¡Ja, ja, ja, ja!

colon

Capítulo 7: LA BANDA DEL GUANTE BLANCO

Capítulo 7
“LA BANDA DEL GUANTE BLANCO”

La familia recoge su puesto del Mercado, en cuanto el abuelo termina de atender a los turistas esquimales, al final no querían ni ver la Catedral ni comer pepinos: lo que querían era comprar calcetines.
—¿Cómo es que os vais tan pronto? —les preguntan los agricultores de los otros puestos— No son ni las 11 de la mañana y el Mercado casi
acaba de comenzar.
—Es que creo que me dejé la plancha encendida en la granja —miente Tito.
—Y yo dejé la puerta del gallinero abierta y tengo miedo de que el zorro venga y se coma a todas las gallinas —miente Luz.
—Y yo saqué los peces de la pecera y los dejé sobre la mesa, al lado de unas gotas de agua, para que bebieran y no se murieran de sed y seguro que los peces ya se han bebido esas gotas de agua y tienen mucha sed y empiezan a beber el ron que la abuela utiliza para cocinar —miente Luis.
—Y yo dejé a la vaca al lado de la radio y cuando ponen música, baila, se cansa mucho y deja de dar leche —miente Ana, riendo de felicidad.
—Esta gente está loca —dice uno de los comerciantes— ¡Pero qué felices se les ve!
La familia sale pitando hacia la furgoneta.
Dentro, con la puerta cerrada, todos observan el gran huevo de oro con detenimiento. Sí…¡No se han confundido! ¡Es de oro!
—Ahora tu padre dejará de estar tan preocupado con eso de no tener trabajo. Este huevo de oro dará para un año o dos de sustento familiar —dice Tito muy feliz.
—Y puede ser —dice Ana— que este no sea el único huevo de oro que ha puesto la gallina. Yo los puse todos juntos, en el cesto y nunca me di cuenta que hubiera uno que pesara más que el resto.
—Pues mira que pesa. ¡Qué raro que no te fijaras! —exclama Luis.
—Puede ser —prosigue Ana— que la gallina ponga los huevos normales y a las pocas horas, es cuando sucede el milagro y se transforman en huevos de oro ¡Revisémoslos de uno en uno!
El abuelo toma el gran cesto donde amontonan todos los huevos y lo coloca sobre sus rodillas.
Va tomándolos con la mano, uno a uno, y descartando los que pesan poco. De pronto,
su cara se pone muy roja y dice:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Creo que aquí hay otro! Así fue ¡Dos huevos de oro! ¡No! ¡Tres! ¡No!
¡Cuatro! ¡No! ¡Diez! ¡Diez huevos de oro!
—¡Esto es increíble!
—¡Esto es maravilloso!
—¡Con diez huevos de oro nos da para tomarnos todos unas vacaciones apoteósicas en Torremolinos!
—¡Ay…! Y yo que pensé que iba a morirme sin visitar nunca Torremolinos —dice la abuela llorando de emoción.
—Mañana mismo nos vamos todos a Torremolinos —decide Tito— Luz, por favor, toma tu móvil y manda un mensaje a tus papás. Escribe que dejen lo que están haciendo y que vengan ahora mismo para acá. Diles que estáis bien, pero no les digas
qué es lo que ha ocurrido. ¡Quiero ver sus caras de sorpresa cuando estén delante de los diez huevos de oro!
Luz teclea el mensaje con mucha ilusión.
—Tenemos que ir corriendo a casa a localizar esa gallina —dice Ana— Hay que cuidarla bien no sea que se la coma una comadreja o se muera de un resfriado
y no nos ponga más huevos de oro. ¡Arranca, abuela!
La furgoneta arranca, rumbo a la granja. Suena el teléfono móvil de Luz:
—¡Es mamá! ¿Qué le digo?
—Yo contesto, Luz.
El abuelo toma el teléfono y dice:
—Hija mía, ya sé que esto te parece extraño. Pero no te preocupes porque todos por aquí estamos muy bien. Por favor, llama a tu esposo y venid inmediatamente,
de verdad que es para algo bueno. Tenemos una sorpresa increíble que daros y os las queremos dar en persona. ¿Qué? No, no te puedo pasar a tu madre porque está conduciendo. ¿Que ponga el manos libres?… No entiendo… ¡Ah! ¿Cómo es eso?
¿Que se lo pregunte a Luz? Vale… ¿Luz?
Luz conecta el manos libres en el teléfono:
—Ana, ¿estás ahí? —pregunta mamá desde el altavoz.
—Sí, estoy conduciendo, hija.
—¿Los niños os han atado y os están amenazando con pincharos en la barriga con el tenedor para que los traigamos de vuelta a la ciudad?
—No, no —contesta— Los niños se están portando maravillosamente bien. De verdad que ha pasado algo extraordinario. Venid. No tengo más que contarte, salvo que vas a recibir la gran sorpresa de vuestras vidas.
—¡Venid pronto, mamá! ¡Os vais a poner muy contentos! —grita Luis desde el asiento de atrás de la furgoneta.
—Bueno… qué extraño… pues avisaré a papá y estaremos ahí mañana por la mañana… ¿Pero no podéis adelantarme algo? Soy muy curiosa y seguro que esta noche no duermo, porque la paso comiéndome las uñas por culpa de no saber qué ha ocurrido…
—¡No! —gritan los abuelos y los niños al unísono— ¡No te vamos a decir nada!
—¡Buen provecho con las uñas, hija! ¡Ponle un poco de salsa de tomate que así están más buenas!
¡Ja, ja, ja! —ríe el abuelo, burlón, antes de que Luz ponga fin a la comunicación telefónica.
La furgoneta arranca ¡Nunca se vio a pasajeros más felices!… aunque no lo estarían tanto, si supieran quienes les persiguen, con disimulo, en otro coche… Nada más y nada menos que ¡la malvada banda del guante blanco!
Voy a presentarte a dicha banda para que no digas que el narrador de esta historia es un maleducado:

banda
Botella: antes la escuchaste hablar. Es la líder de la banda… ¡La más lista, porque es la única que come fruta! ¡Sobre todo, plátanos! Como a toda la banda (son todos unos borrachos), le gusta mucho beber y eso hace que casi siempre vea doble y que se pase el día durmiendo sin enterarse de nada. Cuando despierta… no para hasta conseguir robar o atracar con su pistola a alguien y así seguir comprando botellas de
cerveza y cigarrillos.

Hombrecito: en el dibujo de arriba no se le ve bien porque es muy pequeñito. Pero si te fijas bien, está en el bolsillo de Montaña, que es el hombretón grande del centro (luego te presento a ese). Puedes ver mejor a Hombrecito en este otro dibujo:
odioAl principio Hombrecito no era un criminal. Sólo era un hombre que estaba
cansado de que, por ser tan bajito, la gente le pisara por la calle. Un día se fue a vivir al bolsillo de Montaña, allí se sentía a salvo. Al principio, cuando Botella proponía un plan para robar, Hombrecito se oponía diciendo que eso estaba mal y no había necesidad de robar, que él tenía un primo que tenía un almacén de paraguas y que les podía dar un trabajo honrado a todos. Pero, por desgracia, como era tan bajito, hablaba muy bajito y nadie de la banda logró escucharle. Con el tiempo a Hombrecito empezó a gustarle la vida de ladrón y a insultar, gritando mucho, utilizando un altavoz, desde el bolsillo de Montaña, a la gente que veía pasar:
—¡Feo!—les gritaba a todos los hombres a los que veía.
—¡Fea! —les gritaba a todas las mujeres a las que veía.
Y cuando miraban Hombrecito se reía de ellos, señalándoles con el dedo.
Como Montaña tiene un aspecto tan amenazador y desagradable, nadie se atrevía decirle a Hombrecito que insultar está muy mal.
Cuando estás mucho tiempo con gente mala, terminas convirtiéndote en una persona mala. Por eso hombrecito se aficionó a beber alcohol a todas horas y a fumar cigarrillos, como el resto de la banda.
Manazas: es el novio de Botella. Lo llaman así porque tiene unas manos muy grandes, tanto que cuando, antes, trabajaba de camarero, no le hacía falta llevar bandeja. Le echaron de su trabajo, porque se bebía todas las bebidas alcohólicas que tenía que servir. Cuando llegaba a la mesa de los clientes les decía:
—Lo siento, señor, me acabo de beber la cerveza que pidió. ¿Quiere la cuenta? ¿O quiere otra bebida para que me la beba yo también? ¿Quizás le apetezca que me beba un vino fresquito suyo?
A partir de ahí, se hizo criminal para poder seguir consiguiendo dinero para beber. Tiene las manos más grandes del mundo: tanto, que se acuesta sobre ellas para dormir.
Montaña: es un hombre muy grande, muy fuerte… pero muy tonto. Tiene 40 años y sigue haciéndose pis encima por la noche… y por el día. Se hace pis encima siempre que puede, no porque esté enfermo o no logre controlarse, sino porque dice que le gusta, que así tiene las piernas fresquitas.
Y si te fijas en el dibujo, todos llevan la misma camiseta puesta, porque la robaron juntos, el mismo día, en un supermercado.

—Vamos —dice Botella— conduce con cuidado, Manazas… que no nos descubran… Hay que pillarlos desprevenidos. Primero veremos donde viven y… por la noche, cuando estén durmiendo, entraremos en sus casas, los ataremos y nos llevaremos el huevo de oro y a la gallina que los produce.
—¿Y si se oponen? —pregunta Manazas.
—Si se oponen… ¡Los mataremos! ¡Llevo mi pistola! —contesta la cruel y malvadísima Botella.

Capítulo 8 “ALGO VERDADERAMENTE TERRIBLE”

Capítulo 8
“ALGO VERDADERAMENTE TERRIBLE”

La familia, nada más llegar a la granja y bajarse de la furgoneta, corre hasta el gallinero.
—¿Quién es la gallina que da huevos de oro? ¡Contestad! —pregunta Luis a las gallinas.
—Cococococococococóoooo —canta una gallina.
—¿Crees que te van a contestar? —ríe Ana.
—¿No conocéis el idioma de las gallinas?
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué absurdo! —ríe Tito— Las gallinas no son tan listas como las vacas. Las gallinas no hablan.
—¿Entonces cómo descubriremos qué gallina es la que da huevos de oro? —pregunta Luz—¡Todas parecen normales! Incluso parecen gemelas.
— Lo único que las diferencia —razona Luis— es que algunas son más flacas o tienen más plumas o un color un poco más bonito…
—Habrá que sentarse en el gallinero y esperar a que cada una ponga un huevo —explica Ana—Luego separarlo y observar qué huevo se hace de oro y cuál no.
Los abuelos y los nietos se sientan por el gallinero, algunos sobre unas cajas de madera, otros sobre unos sacos de maíz. Pero todos mirando a las gallinas muy fijamente, sin perder detalle de lo que hacen… hasta que a Luis le entran ganas de refrescarse:
—Abuelos, ¿puedo ir a abrir una sandía?
—Claro, hijo —contesta Tito.
—Espera, te acompaño —avisa la abuela— que hay que abrir la sandía con el cuchillo grande y es peligroso que lo utilices solo.
—Traedme a mí también un poco —pide Luz—. Yo me quedo con el abuelo, vigilando a las gallinas.
Las gallinas cacarean molestas. ¡Los humanos que cuidan de ellas no se van del gallinero! Habitualmente, a esta hora, a las gallinas les gusta jugar a “la gallinita ciega” pero, hoy, con los humanos delante, no les apetece jugar: porque eso les haría ver que las gallinas también son muy listas y tienen un idioma propio. Las gallinas odian a los humanos, no quieren que ningún humano hable con ellas jamás.
—¡No queremos hablar jamás con los humanos—dicen las gallinas— ¡Nos caen muy mal porque se comen nuestros huevos! ¡Además se comen a nuestros maridos, los gallos! ¡Los humanos son muy malos!
—¡Es porque aquí falta comunicación! —dicen algunas gallinas del sector progresista— Si no nos cerráramos en banda y emprendiéramos un plan de diálogo con ellos, quizás las cosas cambiarían.
—¡No! ¡No! Los hombres son malvados. ¡Nunca cambiarán! —zanja el sector más conservador de las gallinas.

Ana está con Luis en el huerto: eligiendo una buena sandía.
—Esta bien “gordota” está bien —señala Ana—Vamos a la cocina a abrirla, la cortamos en trozos y nos las comemos todos en el gallinero, vigilando
a las gallinas.
En la cocina, la abuela abre la sandía. Al verla por dentro se desilusiona:
—¡Esta sandía está mala! ¡Mira que pepitas más amarillas tiene! ¡No son normales!
Luis toma una de las pepitas con la mano. No puede creer lo que ve.
—¡Abuela! ¡Que creo que son pepitas de oro!
La abuela las mira de cerca y se lleva la mano al pecho, como buscando su corazón:
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Qué tienes razón, Luis! ¡Más oro! ¡Esto es demasiado para un sólo día!
Corren hasta el huerto, la abuela abre más sandías. En efecto ¡Todas tienen pepitas de oro! Al lado del sembrado de sandías, hay un aguacatero.
—¿Y si…? —piensa.
Abre uno. En efecto. La pepita del aguacate, que de tamaño es casi tan grande como un huevo, también es de oro.
—¿Y las judías? —pregunta Luis.
—¡Vamos a ver!
Arrancan una vaina, la abren y… ¡las judías también son todas de oro!
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¿Qué está ocurriendo en esta granja? —se pregunta la abuela— ¡Tito! ¡Tito! ¡Luz! ¡Venid, venid a ver esto!
¡Tenemos un campo de frutas de oro!
Luz sale del gallinero. El abuelo también: lleva bajo el brazo una gallina.
—¡La hemos localizado!—grita feliz– ¡Esta es la gallina de los huevos de oro!
—¡Pues aquí hay más oro! —le enseña Luis.
El abuelo comienza a comportase como un mono. Se sube a un árbol frutal y pone las manos bajo las axilas, a la vez que imita los sonidos que hacen los monos:
—Uuuhuuhhuhhú —dice el abuelo-mono.
—¿Abuelo! ¿Por qué haces eso?
—¡Oh! ¡Le ha dado “monismo”! —explica la abuela— Le pasa cuando se pone muy contento. Es la segunda vez que veo que le pasa eso. La primera vez fue cuando le dije que sí, que me casaría con él.
—¿Y le dura mucho?
—Uf… Aquella vez estuvo durante toda una semana —contesta la abuela.
—No creo que esta vez le dure mucho la felicidad —dice una voz extraña.
La familia mira hacia donde viene la voz. A quien ven es a Botella… ¡Les apunta con una pistola! Botella tiene una terrible sonrisa siniestra pintada en la boca. Sigue hablando:
—Os estábamos espiando e íbamos a sorprenderos por la noche, mientras dormíais, pero hemos decidido adelantar nuestros planes, al ver que hay tanta fruta y verdura de oro que recolectar.
—¡Oh! No hace falta que nos apunten con la pistola —dice la abuela con una sonrisa— ¡Hay oro para todos! A nosotros nos gusta mucho compartir. Os daremos la mitad ahora mismo.
Ante el disgusto de la pistola, el abuelo se recobra del “monismo” enseguida. Mira lo asustados que están los niños y comienza a hablar con Botella:
—Por favor, no nos apunte con esa pistola que está asustando a los niños. Os daremos más de la mitad, si queréis. Realmente, con un par de huevos, nos basta. Además, si arrancamos las plantas que dan oro, puede que no crezcan más ¡Nunca antes nos había pasado esto! Lo mejor es irlas recolectando poco a poco y seguir cuidando la siembra. Es mejor que, en lugar de vender la gallina que da huevos de oro, cuidarla para que de más huevos. Incluso puede ser que tenga hijitas gallinas y éstas también den huevos de oro.
—¡No! ¡Lo queremos todo! ¡Todo! ¡Y lo queremos ahora! —grita Botella— ¡Compartir es para débiles!
Cegada por la codicia, Botella dispara la pistola ¡Bang! ¡Bang! y mata a los abuelos de dos disparos. La gallina de los huevos de oro sale volando.
—¡Manazas! ¡Que no escape la gallina! ¡Atrápala con tus manazas! —ordena Botella.
—¡Voy! —dice Manazas.
—Montaña, tú agarra a los niños y mételos en el sótano o en alguna habitación de la casa. Los dejaremos allí dentro y que se mueran de hambre, recogeremos todo el oro de esta casa y nos iremos a emborracharnos a las playas de Ibiza. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Tendré dinero para poder beber y beber alcohol sin parar nunca! ¡Ja, ja, ja, ja!
Los niños no corren. Están inmóviles. Montaña los agarra sin ninguna dificultad.
—¡Feo! ¡Fea! —les grita Hombrecito utilizando su altavoz.

feofea

Los niños no hacen caso a la provocación. Están mudos. Sus rostros son los más pálidos del mundo. Tanto dolor sienten, que ni siquiera pueden llorar. ¡Sus queridísimos abuelos han muerto! ¡No puede ser cierto! ¡No debe ser
cierto! ¡Es algo demasiado cruel!

Capítulo 9 “YOYITO DICE HOLA”

Capítulo 9
“YOYITO DICE HOLA”

Luz y Luis están encerrados en el sótano, junto a un montón de sacos de patatas. Solos en la oscuridad. Tiemblan de frío y de tristeza. Arriba de una de las paredes del sótano, hay una ventana por la que podrían escapar… pero está demasiado alta para ellos.
—Por lo menos de hambre no vamos a morir. Se han equivocado. Aquí hay un montón de sacos de patatas —dice resignado, Luis.
—Pero están crudas…—repone Luz.
—Pues si nos entra mucha hambre, es lo único que tenemos para comer hasta que lleguen papá y mamá y nos liberen. Decían que iban a estar aquí mañana por la mañana, ¿no?
—¡Espero que se hayan ido para entonces esos malvados! Porque si les ven, a lo mejor los matan…como a los abuelos.
—¿Tú crees que de verdad los abuelos están muertos?
—Les dispararon —dice Luz, rompiendo a llorar—. ¿Cómo no van a estar muertos, tonto?
Luis abraza a Luz, trata de consolarla. No lo consigue. Él también comienza a llorar. Intenta no hacerlo. Ser fuerte para su hermana: pero no puede dejar de llorar.
—Los abuelos eran maravillosos —dice—Debimos haberles querido mucho más. Ser más buenos con ellos. No hablarles mal nunca.
—Oigan… oigan —susurra una voz.
La voz proviene de la ventana… ¡que se abre de pronto! Los niños se asustan, se arman con una patata muy grande.
—¿Quién está ahí? —pregunta Luis— ¡No se meta con nosotros que estamos armados y somos peligrosos!
—¡Como se nos acerque le tiramos esta superpatatota al ojo! ¡No le tenemos miedo a nada! —dice Luz, temblando de miedo.
—Me llamo Yoyito… quiero ayudaros. Tomad mi mano…
La pequeña ventanita se abre aún más y, de allí, sale una mano.
—¡No llegamos hasta tu mano! —dice Luz—. Si tuviéramos la fuerza del abuelo, podríamos apilar todos estos sacos, unos encima de otros, y formar una gran torre por la que escalar. Pero resulta que somos niños.
—No os preocupéis. Yo os bajo más mi mano.
ventana

El brazo de Yoyito se alarga como si fuera un chicle, llegando hasta los niños… ¡y lo que ellos ven, les horripila! No solo es un brazo que se alarga sobrehumanamente… la mano que se les acerca… ¡No tiene dedos! ¡Sólo paja!
—¡Ahhhh! —gritan.

holasoy

—No os asustéis —dice Yoyito asomando su cabeza por la ventana— Me conocéis bien, nos presentaron el otro día. ¡Soy el espantapájaros de la granja y soy vuestro amigo! Dadme la mano, os subiré hasta aquí.
—¿Qué hago? —pregunta Luz a Luis— ¿Le doy la mano?
—Oh… —contesta Luis— Tenemos que arriesgarnos para salvar a nuestros padres.
Luz le da la mano. La mano la sube primero a ella y luego, a Luis. En cuanto están fuera del sótano, en el terreno de la granja, ven que, en efecto: el rescatador no les ha mentido. Están frente al espantapájaros de la granja.
—¿Cómo es posible que tengas vida? —pregunta Luz.
—Ya os cuento luego mi historia, porque ahora mismo tenemos que escapar de aquí. Si la malvada banda del guante blanco nos descubre, estamos acabados.
—¿Los espantapájaros saben conducir? —pregunta Luis— Te lo pregunto porque las llaves están puestas en la furgoneta. Podemos pinchar las ruedas del coche en el que vino la banda del guante blanco y escapar por la carretera.
—¡Claro que sé conducir! —dice Yoyito— Pero no escaparemos por la carretera, aun sin tener coche, nos podrían disparar. Huiremos metiéndonos con la furgoneta por la parte de atrás de la vaca.
—¿Por la parte de atrás de la vaca?
—Sí. Justo por donde salió Paco el otro día. El vecino que vivía en Alemania. La parte de atrás de la vaca es realmente un agujero cósmico de teletransportación.
—¿Te refieres que nos vamos a meter por el pompis de la vaca?
—No quería decir utilizar esa palabra —dice Yoyito—. Me da vergüenza. Pero sí. Nos meteremos por allí, como si fuéramos un supositorio y saldremos a miles de kilómetros de aquí. Así no correremos ningún peligro.
—¿Pero cómo vamos a convertirnos los tres dentro de la furgoneta en un supositorio?
—Porque realmente no soy un espantapájaros ¡Soy un gran mago! ¡Pero estoy de camuflaje!
¿Por qué crees que en la granja han estado pasando últimamente todos estos sucesos extraordinarios! ¡Es por mi magia! ¡Soy un gran mago! Yo soy el responsable de que apareciera todo ese oro por toda la granja o que, en lugar de que la serpiente te envenenara, sólo te inflara y te hiciera volar un poco.
Luz mira con odio al espantapájaros.
—Pues entonces, por tu culpa, mis queridos abuelos han muerto ¡Ojalá te hubieras quedado con tu magia! ¡Ese oro no nos ha traído más que desgracias! —grita Luz al espantapájaros.
—¿Que los abuelos han muerto? ¡No! ¡No lo sabía! Os iba a preguntar ahora mismo que dónde estaban para irlos a buscar e irnos todos juntos en la furgoneta supositorio ¡No puedo consentir que estén muertos! Hice bien reservando algo de magia, por si surgía algún imprevisto… quizás pueda curarlos….
—¿En serio? —pregunta Luz con la cara tan encendida que parece una lámpara.
—Vamos a ver si aún se puede hacer algo… ¿Dónde están?
—Les dispararon en el campo de sandías —recuerda Luis, con un hilo de voz muy triste—. Dudo mucho que esos malvados hayan recogido sus cuerpos. Seguro que los dejaron allí tirados, como si fueran sacos de patatas.
—Vayamos para allá, chicos, pero sin hacer nada de ruido. Mi magia es limitada. Sólo puedo hacer tres grandes trucos por día. Si nos descubren, no podré salvar a vuestros abuelos, porque elegiré salvaros a vosotros.
Yoyito y los niños caminan sigilosamente hasta el campo de sandías. Al llegar, los niños se estremecen. En efecto. Tirados en el suelo, descansan los cuerpos sin vida de sus queridos abuelos.
—No hay tiempo que perder —dice Yoyito.
El espantapájaros dice unas palabras mágicas (que no puedo transcribir aquí, porque son un secreto: esas palabras mágicas no las puede conocer cualquiera) y los abuelos… ¡Abren los ojos! ¡Como si se despertaran por la mañana!
—¡Oh qué sueño tengo! —dice Tito bostezando.
—¿Ya ha cantado el gallo? —pregunta Ana, abriendo los ojos también— ¿Qué ha cantado hoy? ¡No lo he escuchado cantar!
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta el abuelo rascándose la cabeza— No recuerdo más que apareció aquella mujer que quería robarnos todo el oro… y que alguien me dio un golpe en la cabeza…
—¡Abuelitos! —gritan sus nietos llenos de júbilo— ¡Ya no estáis muertos! ¡Vivaaaaaa!
Y abrazan a los abuelos con todo el cariño del mundo: a punto de estallar de felicidad.
—¡Shhhhiiiisssssst! —manda a callar el espantapájaros— ¡Estáis haciendo demasiado escándalo! ¡Que los malvados pueden escucharos!
—¡Pero tú eres el espantapájaros de la granja! —dice, asustada, la abuela— ¡Hablas!
—Para servirle, mi señora —saluda Yoyito—. Y a usted también, caballero. Por cierto, muchas gracias por este bonito sombrero de copa y esta elegante pajarita que me regaló tan generosamente. Os voy a hacer yo también un regalo, que creo que os va a encantar.
Tras decir esto, Yoyito dice unas nuevas palabras mágicas y…
—Tito ¡Tu cara! —grita Ana.
—Ana ¡Tu cara! —grita Tito.
El cabello de los abuelos se transforma en uno frondoso, luminoso, totalmente rejuvenecido y repleto de su color original de antaño. Las arrugas de los abuelos desaparecen casi por completo. Pasan de tener 77 años a tener… ¡20 años!
—¿Qué nos está ocurriendo? —pregunta Ana, encantada.
—¡Pero que guapa estás, Ana! —grita el abuelo— ¡Estás igualita a cuando te conocí!
—¡Oh, amor! Y tú vuelves a ser un buen mozo de buen ver.
—Bueno, ya que os desperté y los niños os aman tanto, pensé que lo mejor era rejuveneceros un poco… ¡Así viviréis muchos años más! ¿Os parece bien?
—¡Por supuesto! —dice Ana.
—¡Vivaaaa! —grita de felicidad Tito— ¡Ahora podré volver a jugar al fútbol! ¡A lo mejor consigo que me fiche un equipo que juegue la Champions!
—¡Sois más jóvenes que nuestros padres! —dice Luis con la boca abierta.
—¡Es increíble!—dice Ana
—¿Quién está ahí? —grita una voz… ¡la terrible voz de Manazas!
El bandido aparece corriendo con una linterna y alumbra al alegre grupo.
—¡Alerta, Botella! ¡Alerta! ¡Los niños se han escapado y están con alguien!
De la casa de los abuelos sale Botella, Montaña y Hombrecito que, desde el bolsillo, les grita con el altavoz:
—¡Feos! ¡Feos! ¡Voy a cortaros la cabeza a todos y luego voy a jugar al fútbol con vuestras cabezas y voy a ganar el torneo de fútbol, porque sólo yo me atrevo a jugar al torneo de fútbol con cabezas!
Yoyito, los abuelos y los niños corren hasta la furgoneta: se refugian dentro.
—¡Yo conduzco! —dice Yoyito a la vez que arranca la furgoneta.
—¡Nos están robando la furgoneta que robamos! ¡Eso no se hace! —dice Montaña— ¡Está muy mal!
Botella está fuera de sí:
—¿A qué esperas, Manazas? ¡Pareces un tonto de Tontilandia! ¡Dispárales! ¡Mátalos! —ordena— ¡Que no se lleven la furgoneta! ¡Allí dentro está la gallina de los huevos de oro y todo el oro de la granja que antes cargamos! ¿Es que no te acuerdas?
Manazas saca la pistola de su bolsillo y comienza a disparar a la furgoneta. Las balas rompen, en mil pedazos, los cristales traseros.
—¡Voy a mataros! —grita demente—¡Ese oro es nuestro! ¡Lo necesitamos para emborracharnos mucho!
Pero es demasiado tarde. No solo la furgoneta estaba aparcada muy cerca del establo, sino que la vaca estaba fuera, pastando muy cerca ¡Como Botella había matado a los abuelos nadie se ocupó de meter a la vaca dentro del establo! En menos de un segundo, la furgoneta se convierte en un supositorio “vaquil” y desaparece, introduciéndose en el pompis de la vaca…

vaca-furgon

—¡Estamos salvados! —grita Yoyito
—¡Han desaparecido por el pompis de la vaca! —grita Botella con los ojos abiertos como platos— ¡Eso es imposible!
—¡Feos! ¡Feas! ¡Volved con mi oro! —grita por el altavoz el Hombrecito— ¡Volved ahora mismo o no respondo de mí mismo!

Capítulo 10 “¿DÓNDE ESTAMOS?”

Capítulo 10
“¿DÓNDE ESTAMOS?”

—¿Dónde estamos? —pregunta Luis.
Están en un lugar oscuro. No se ve nada. Ni la familia, ni el espantapájaros mago, se atreven a salir de la furgoneta.
—Podemos estar en cualquier lado del mundo… o del universo. Los agujeros cósmicos de las vacas son impredecibles —dice Yoyito.
—¿Podríamos estar en otro planeta? —pregunta Ana.
—Sí —contesta Yoyito— Pero si es así, por lo menos estamos en un planeta con oxígeno. Si no, ya estaríamos muertos.
—Eso está claro —razona Luz.
Surge una luz. Yoyito guiña los ojos para poder ver mejor. Se aproximan dos hombres, iluminan sus pasos con una antorcha. Visten unas túnicas que ya podrían catalogarse más como harapos. Caminan descalzos. El abuelo baja la ventanilla del coche, les pregunta:
—¿Quién va ahí? ¡No os vemos bien!
—Echa un poco más de agua sobre el fuego de la antorcha —dice uno de los harapientos— así iluminará más.
—Sí. Tienes razón— contesta el otro.

tontilandia
Uno de los hombres abre una cantimplora y echa todo el agua que guarda en su interior sobre el fuego de la antorcha. El agua, como es natural, apaga el fuego completamente.
—¡Qué raro! ¿Por qué se habrá apagado? —pregunta el harapiento que echó el agua.
—Sí, que es raro —piensa el otro—. Echaste muy bien el agua, directamente sobre el fuego y, en lugar de avivarse más, se apagó completamente.
—¡Qué tío más tonto! —piensa Luis.
Yoyito enciende los faros del coche, alumbra a los harapientos. La familia los observa con detenimiento.
—Tienen pinta de ser inofensivos —dice Ana.
Baja de la furgoneta, les habla:
—Somos unos campesinos. Vivimos en una granja. Nos hemos perdido con la furgoneta.
—Nosotros también estamos perdidos por estas cavernas del Centro de la Tierra —dice uno de los harapientos— ¡Y desde hace décadas! Así que no nos copien.
—Vámonos de aquí —dice el otro harapiento— esta gente son unos copiones. A lo mejor nos copian la cara y luego quieren ser nosotros.
—Sí, mejor nos vamos. Mira que venimos a ayudar porque escuchamos un ruido. Y lo único que vamos a conseguir es que nos copien la cara.
—Oye… por cierto… ¿tu cara no será la mía? Porque llevo mirándola mucho tiempo y ya me resulta demasiado familiar.
—A lo mejor tu cara es la mía y la tuya, la mía.
—¡Anda! ¡Lo que hemos descubierto! ¡Claro! Lo normal es que tú veas tu cara y yo mi cara!
—¡Claro! ¿Cómo voy a ver TU cara con MIS ojos? ¡Eso es imposible! ¿Cada uno se verá su propia cara con sus propios ojos! Es completamente lógico, ¿no?
—Entonces ahora entiendo por qué me gustaba tanto mirarte ¡Y yo que pensaba que era porque me estaba enamorando de ti!
—¡No, hombre! ¡Te gusta mirarme porque realmente te estás mirando a ti mismo!
—¡Claro!
Yoyito sonríe.
—Ya sé dónde estamos…
—¿Dónde? —pregunta Ana.
—¡En Tontilandia!—indica, feliz, Yoyito.
—¿Pero ese país de verdad que existe? —pregunta Luz— ¡Yo pensé que sólo era un cuento para niños!
—¡Por supuesto que existe y es justo donde yo quería ir! ¡De algún modo mi voluntad ha accedido al control del agujero cósmico de la vaca ¡Soy un mago mucho más poderoso de lo que creía!
—¿Quién eres? —pregunta Luis.
—Os prometo que os contaré la historia pronto, pero ahora debo apresurarme. Bajémonos de la furgoneta. Tengo una misión muy importante que hacer en este raro lugar. ¡Nadie sabe llegar a Tontilandia!
—Pero es que tenemos que volver a la granja antes de que nuestros padres lleguen ¡La banda del guante blanco podría hacerles daño!
—No podemos volver a no ser que consiga más magia. Mi capacidad mágica está agotada y por aquí no creo que haya vacas con agujeros cósmicos. Pero no os preocupéis. Dentro de un rato seré el mago más poderoso de la Tierra y podremos volver a la granja a detener a esos delincuentes ¡Para que aprendan, los convertiré en burros!
—Pues nos vendrían bien unos burros en la granja, ¿verdad, Ana? —advierte Tito.
—Pues sí. Para cargar la paja y no usar tanto el tractor.
—De acuerdo. Por lo que hicieron, haré que cumplan condena siendo vuestros burros de carga durante cuatro años.
—¡Mejor 20 años! —pide Luz.
—Vale, 20 años estará bien —accede Yoyito.
—¿Y qué tienes que hacer para convertirte en el mago más poderoso del mundo? —pregunta Luis.
Yoyito sonríe. Se desabrocha la camisa. Del interior de su estómago, de entre la paja, saca un huevo verde, casi del tamaño de un balón de fútbol.
—¿Ese huevo lo ha puesto una de mis gallinas? ¡Es inmenso! —señala Tito.
—No. Ese es un huevo de Serpiente Exterminadora: el animal mágico más peligroso del mundo. Actualmente, toda mi magia está enfocada a impedir que el huevo se me escape y que alguna serpiente lo empolle. Si una serpiente lo empollara, saldría de este huevo la bestia más terrible de todas. Para colmo, esta Serpiente Exterminadora está empeñada en acabar conmigo. Así que voy a sepultarla en la caverna más profunda del Centro de la Tierra. Luego, sellaré todos los túneles que conducen al Centro de la Tierra y, por ende, a esa caverna. Para que ninguna serpiente, nunca más, por los siglos de los siglos, pueda empollar este terrorífico huevo. Una vez que haga eso podré volver a usar todo mi poder mágico cuando lo desee.
—¿Y cómo conseguiste ese huevo? —pregunta Luis.
—Mmmm… está bien. Creo que ya es hora de que os cuente mi asombrosa historia.