Capítulo 8 “ALGO VERDADERAMENTE TERRIBLE”

Capítulo 8
“ALGO VERDADERAMENTE TERRIBLE”

La familia, nada más llegar a la granja y bajarse de la furgoneta, corre hasta el gallinero.
—¿Quién es la gallina que da huevos de oro? ¡Contestad! —pregunta Luis a las gallinas.
—Cococococococococóoooo —canta una gallina.
—¿Crees que te van a contestar? —ríe Ana.
—¿No conocéis el idioma de las gallinas?
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué absurdo! —ríe Tito— Las gallinas no son tan listas como las vacas. Las gallinas no hablan.
—¿Entonces cómo descubriremos qué gallina es la que da huevos de oro? —pregunta Luz—¡Todas parecen normales! Incluso parecen gemelas.
— Lo único que las diferencia —razona Luis— es que algunas son más flacas o tienen más plumas o un color un poco más bonito…
—Habrá que sentarse en el gallinero y esperar a que cada una ponga un huevo —explica Ana—Luego separarlo y observar qué huevo se hace de oro y cuál no.
Los abuelos y los nietos se sientan por el gallinero, algunos sobre unas cajas de madera, otros sobre unos sacos de maíz. Pero todos mirando a las gallinas muy fijamente, sin perder detalle de lo que hacen… hasta que a Luis le entran ganas de refrescarse:
—Abuelos, ¿puedo ir a abrir una sandía?
—Claro, hijo —contesta Tito.
—Espera, te acompaño —avisa la abuela— que hay que abrir la sandía con el cuchillo grande y es peligroso que lo utilices solo.
—Traedme a mí también un poco —pide Luz—. Yo me quedo con el abuelo, vigilando a las gallinas.
Las gallinas cacarean molestas. ¡Los humanos que cuidan de ellas no se van del gallinero! Habitualmente, a esta hora, a las gallinas les gusta jugar a “la gallinita ciega” pero, hoy, con los humanos delante, no les apetece jugar: porque eso les haría ver que las gallinas también son muy listas y tienen un idioma propio. Las gallinas odian a los humanos, no quieren que ningún humano hable con ellas jamás.
—¡No queremos hablar jamás con los humanos—dicen las gallinas— ¡Nos caen muy mal porque se comen nuestros huevos! ¡Además se comen a nuestros maridos, los gallos! ¡Los humanos son muy malos!
—¡Es porque aquí falta comunicación! —dicen algunas gallinas del sector progresista— Si no nos cerráramos en banda y emprendiéramos un plan de diálogo con ellos, quizás las cosas cambiarían.
—¡No! ¡No! Los hombres son malvados. ¡Nunca cambiarán! —zanja el sector más conservador de las gallinas.

Ana está con Luis en el huerto: eligiendo una buena sandía.
—Esta bien “gordota” está bien —señala Ana—Vamos a la cocina a abrirla, la cortamos en trozos y nos las comemos todos en el gallinero, vigilando
a las gallinas.
En la cocina, la abuela abre la sandía. Al verla por dentro se desilusiona:
—¡Esta sandía está mala! ¡Mira que pepitas más amarillas tiene! ¡No son normales!
Luis toma una de las pepitas con la mano. No puede creer lo que ve.
—¡Abuela! ¡Que creo que son pepitas de oro!
La abuela las mira de cerca y se lleva la mano al pecho, como buscando su corazón:
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Qué tienes razón, Luis! ¡Más oro! ¡Esto es demasiado para un sólo día!
Corren hasta el huerto, la abuela abre más sandías. En efecto ¡Todas tienen pepitas de oro! Al lado del sembrado de sandías, hay un aguacatero.
—¿Y si…? —piensa.
Abre uno. En efecto. La pepita del aguacate, que de tamaño es casi tan grande como un huevo, también es de oro.
—¿Y las judías? —pregunta Luis.
—¡Vamos a ver!
Arrancan una vaina, la abren y… ¡las judías también son todas de oro!
—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¿Qué está ocurriendo en esta granja? —se pregunta la abuela— ¡Tito! ¡Tito! ¡Luz! ¡Venid, venid a ver esto!
¡Tenemos un campo de frutas de oro!
Luz sale del gallinero. El abuelo también: lleva bajo el brazo una gallina.
—¡La hemos localizado!—grita feliz– ¡Esta es la gallina de los huevos de oro!
—¡Pues aquí hay más oro! —le enseña Luis.
El abuelo comienza a comportase como un mono. Se sube a un árbol frutal y pone las manos bajo las axilas, a la vez que imita los sonidos que hacen los monos:
—Uuuhuuhhuhhú —dice el abuelo-mono.
—¿Abuelo! ¿Por qué haces eso?
—¡Oh! ¡Le ha dado “monismo”! —explica la abuela— Le pasa cuando se pone muy contento. Es la segunda vez que veo que le pasa eso. La primera vez fue cuando le dije que sí, que me casaría con él.
—¿Y le dura mucho?
—Uf… Aquella vez estuvo durante toda una semana —contesta la abuela.
—No creo que esta vez le dure mucho la felicidad —dice una voz extraña.
La familia mira hacia donde viene la voz. A quien ven es a Botella… ¡Les apunta con una pistola! Botella tiene una terrible sonrisa siniestra pintada en la boca. Sigue hablando:
—Os estábamos espiando e íbamos a sorprenderos por la noche, mientras dormíais, pero hemos decidido adelantar nuestros planes, al ver que hay tanta fruta y verdura de oro que recolectar.
—¡Oh! No hace falta que nos apunten con la pistola —dice la abuela con una sonrisa— ¡Hay oro para todos! A nosotros nos gusta mucho compartir. Os daremos la mitad ahora mismo.
Ante el disgusto de la pistola, el abuelo se recobra del “monismo” enseguida. Mira lo asustados que están los niños y comienza a hablar con Botella:
—Por favor, no nos apunte con esa pistola que está asustando a los niños. Os daremos más de la mitad, si queréis. Realmente, con un par de huevos, nos basta. Además, si arrancamos las plantas que dan oro, puede que no crezcan más ¡Nunca antes nos había pasado esto! Lo mejor es irlas recolectando poco a poco y seguir cuidando la siembra. Es mejor que, en lugar de vender la gallina que da huevos de oro, cuidarla para que de más huevos. Incluso puede ser que tenga hijitas gallinas y éstas también den huevos de oro.
—¡No! ¡Lo queremos todo! ¡Todo! ¡Y lo queremos ahora! —grita Botella— ¡Compartir es para débiles!
Cegada por la codicia, Botella dispara la pistola ¡Bang! ¡Bang! y mata a los abuelos de dos disparos. La gallina de los huevos de oro sale volando.
—¡Manazas! ¡Que no escape la gallina! ¡Atrápala con tus manazas! —ordena Botella.
—¡Voy! —dice Manazas.
—Montaña, tú agarra a los niños y mételos en el sótano o en alguna habitación de la casa. Los dejaremos allí dentro y que se mueran de hambre, recogeremos todo el oro de esta casa y nos iremos a emborracharnos a las playas de Ibiza. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Tendré dinero para poder beber y beber alcohol sin parar nunca! ¡Ja, ja, ja, ja!
Los niños no corren. Están inmóviles. Montaña los agarra sin ninguna dificultad.
—¡Feo! ¡Fea! —les grita Hombrecito utilizando su altavoz.

feofea

Los niños no hacen caso a la provocación. Están mudos. Sus rostros son los más pálidos del mundo. Tanto dolor sienten, que ni siquiera pueden llorar. ¡Sus queridísimos abuelos han muerto! ¡No puede ser cierto! ¡No debe ser
cierto! ¡Es algo demasiado cruel!