Capítulo 9 “YOYITO DICE HOLA”

Capítulo 9
“YOYITO DICE HOLA”

Luz y Luis están encerrados en el sótano, junto a un montón de sacos de patatas. Solos en la oscuridad. Tiemblan de frío y de tristeza. Arriba de una de las paredes del sótano, hay una ventana por la que podrían escapar… pero está demasiado alta para ellos.
—Por lo menos de hambre no vamos a morir. Se han equivocado. Aquí hay un montón de sacos de patatas —dice resignado, Luis.
—Pero están crudas…—repone Luz.
—Pues si nos entra mucha hambre, es lo único que tenemos para comer hasta que lleguen papá y mamá y nos liberen. Decían que iban a estar aquí mañana por la mañana, ¿no?
—¡Espero que se hayan ido para entonces esos malvados! Porque si les ven, a lo mejor los matan…como a los abuelos.
—¿Tú crees que de verdad los abuelos están muertos?
—Les dispararon —dice Luz, rompiendo a llorar—. ¿Cómo no van a estar muertos, tonto?
Luis abraza a Luz, trata de consolarla. No lo consigue. Él también comienza a llorar. Intenta no hacerlo. Ser fuerte para su hermana: pero no puede dejar de llorar.
—Los abuelos eran maravillosos —dice—Debimos haberles querido mucho más. Ser más buenos con ellos. No hablarles mal nunca.
—Oigan… oigan —susurra una voz.
La voz proviene de la ventana… ¡que se abre de pronto! Los niños se asustan, se arman con una patata muy grande.
—¿Quién está ahí? —pregunta Luis— ¡No se meta con nosotros que estamos armados y somos peligrosos!
—¡Como se nos acerque le tiramos esta superpatatota al ojo! ¡No le tenemos miedo a nada! —dice Luz, temblando de miedo.
—Me llamo Yoyito… quiero ayudaros. Tomad mi mano…
La pequeña ventanita se abre aún más y, de allí, sale una mano.
—¡No llegamos hasta tu mano! —dice Luz—. Si tuviéramos la fuerza del abuelo, podríamos apilar todos estos sacos, unos encima de otros, y formar una gran torre por la que escalar. Pero resulta que somos niños.
—No os preocupéis. Yo os bajo más mi mano.
ventana

El brazo de Yoyito se alarga como si fuera un chicle, llegando hasta los niños… ¡y lo que ellos ven, les horripila! No solo es un brazo que se alarga sobrehumanamente… la mano que se les acerca… ¡No tiene dedos! ¡Sólo paja!
—¡Ahhhh! —gritan.

holasoy

—No os asustéis —dice Yoyito asomando su cabeza por la ventana— Me conocéis bien, nos presentaron el otro día. ¡Soy el espantapájaros de la granja y soy vuestro amigo! Dadme la mano, os subiré hasta aquí.
—¿Qué hago? —pregunta Luz a Luis— ¿Le doy la mano?
—Oh… —contesta Luis— Tenemos que arriesgarnos para salvar a nuestros padres.
Luz le da la mano. La mano la sube primero a ella y luego, a Luis. En cuanto están fuera del sótano, en el terreno de la granja, ven que, en efecto: el rescatador no les ha mentido. Están frente al espantapájaros de la granja.
—¿Cómo es posible que tengas vida? —pregunta Luz.
—Ya os cuento luego mi historia, porque ahora mismo tenemos que escapar de aquí. Si la malvada banda del guante blanco nos descubre, estamos acabados.
—¿Los espantapájaros saben conducir? —pregunta Luis— Te lo pregunto porque las llaves están puestas en la furgoneta. Podemos pinchar las ruedas del coche en el que vino la banda del guante blanco y escapar por la carretera.
—¡Claro que sé conducir! —dice Yoyito— Pero no escaparemos por la carretera, aun sin tener coche, nos podrían disparar. Huiremos metiéndonos con la furgoneta por la parte de atrás de la vaca.
—¿Por la parte de atrás de la vaca?
—Sí. Justo por donde salió Paco el otro día. El vecino que vivía en Alemania. La parte de atrás de la vaca es realmente un agujero cósmico de teletransportación.
—¿Te refieres que nos vamos a meter por el pompis de la vaca?
—No quería decir utilizar esa palabra —dice Yoyito—. Me da vergüenza. Pero sí. Nos meteremos por allí, como si fuéramos un supositorio y saldremos a miles de kilómetros de aquí. Así no correremos ningún peligro.
—¿Pero cómo vamos a convertirnos los tres dentro de la furgoneta en un supositorio?
—Porque realmente no soy un espantapájaros ¡Soy un gran mago! ¡Pero estoy de camuflaje!
¿Por qué crees que en la granja han estado pasando últimamente todos estos sucesos extraordinarios! ¡Es por mi magia! ¡Soy un gran mago! Yo soy el responsable de que apareciera todo ese oro por toda la granja o que, en lugar de que la serpiente te envenenara, sólo te inflara y te hiciera volar un poco.
Luz mira con odio al espantapájaros.
—Pues entonces, por tu culpa, mis queridos abuelos han muerto ¡Ojalá te hubieras quedado con tu magia! ¡Ese oro no nos ha traído más que desgracias! —grita Luz al espantapájaros.
—¿Que los abuelos han muerto? ¡No! ¡No lo sabía! Os iba a preguntar ahora mismo que dónde estaban para irlos a buscar e irnos todos juntos en la furgoneta supositorio ¡No puedo consentir que estén muertos! Hice bien reservando algo de magia, por si surgía algún imprevisto… quizás pueda curarlos….
—¿En serio? —pregunta Luz con la cara tan encendida que parece una lámpara.
—Vamos a ver si aún se puede hacer algo… ¿Dónde están?
—Les dispararon en el campo de sandías —recuerda Luis, con un hilo de voz muy triste—. Dudo mucho que esos malvados hayan recogido sus cuerpos. Seguro que los dejaron allí tirados, como si fueran sacos de patatas.
—Vayamos para allá, chicos, pero sin hacer nada de ruido. Mi magia es limitada. Sólo puedo hacer tres grandes trucos por día. Si nos descubren, no podré salvar a vuestros abuelos, porque elegiré salvaros a vosotros.
Yoyito y los niños caminan sigilosamente hasta el campo de sandías. Al llegar, los niños se estremecen. En efecto. Tirados en el suelo, descansan los cuerpos sin vida de sus queridos abuelos.
—No hay tiempo que perder —dice Yoyito.
El espantapájaros dice unas palabras mágicas (que no puedo transcribir aquí, porque son un secreto: esas palabras mágicas no las puede conocer cualquiera) y los abuelos… ¡Abren los ojos! ¡Como si se despertaran por la mañana!
—¡Oh qué sueño tengo! —dice Tito bostezando.
—¿Ya ha cantado el gallo? —pregunta Ana, abriendo los ojos también— ¿Qué ha cantado hoy? ¡No lo he escuchado cantar!
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta el abuelo rascándose la cabeza— No recuerdo más que apareció aquella mujer que quería robarnos todo el oro… y que alguien me dio un golpe en la cabeza…
—¡Abuelitos! —gritan sus nietos llenos de júbilo— ¡Ya no estáis muertos! ¡Vivaaaaaa!
Y abrazan a los abuelos con todo el cariño del mundo: a punto de estallar de felicidad.
—¡Shhhhiiiisssssst! —manda a callar el espantapájaros— ¡Estáis haciendo demasiado escándalo! ¡Que los malvados pueden escucharos!
—¡Pero tú eres el espantapájaros de la granja! —dice, asustada, la abuela— ¡Hablas!
—Para servirle, mi señora —saluda Yoyito—. Y a usted también, caballero. Por cierto, muchas gracias por este bonito sombrero de copa y esta elegante pajarita que me regaló tan generosamente. Os voy a hacer yo también un regalo, que creo que os va a encantar.
Tras decir esto, Yoyito dice unas nuevas palabras mágicas y…
—Tito ¡Tu cara! —grita Ana.
—Ana ¡Tu cara! —grita Tito.
El cabello de los abuelos se transforma en uno frondoso, luminoso, totalmente rejuvenecido y repleto de su color original de antaño. Las arrugas de los abuelos desaparecen casi por completo. Pasan de tener 77 años a tener… ¡20 años!
—¿Qué nos está ocurriendo? —pregunta Ana, encantada.
—¡Pero que guapa estás, Ana! —grita el abuelo— ¡Estás igualita a cuando te conocí!
—¡Oh, amor! Y tú vuelves a ser un buen mozo de buen ver.
—Bueno, ya que os desperté y los niños os aman tanto, pensé que lo mejor era rejuveneceros un poco… ¡Así viviréis muchos años más! ¿Os parece bien?
—¡Por supuesto! —dice Ana.
—¡Vivaaaa! —grita de felicidad Tito— ¡Ahora podré volver a jugar al fútbol! ¡A lo mejor consigo que me fiche un equipo que juegue la Champions!
—¡Sois más jóvenes que nuestros padres! —dice Luis con la boca abierta.
—¡Es increíble!—dice Ana
—¿Quién está ahí? —grita una voz… ¡la terrible voz de Manazas!
El bandido aparece corriendo con una linterna y alumbra al alegre grupo.
—¡Alerta, Botella! ¡Alerta! ¡Los niños se han escapado y están con alguien!
De la casa de los abuelos sale Botella, Montaña y Hombrecito que, desde el bolsillo, les grita con el altavoz:
—¡Feos! ¡Feos! ¡Voy a cortaros la cabeza a todos y luego voy a jugar al fútbol con vuestras cabezas y voy a ganar el torneo de fútbol, porque sólo yo me atrevo a jugar al torneo de fútbol con cabezas!
Yoyito, los abuelos y los niños corren hasta la furgoneta: se refugian dentro.
—¡Yo conduzco! —dice Yoyito a la vez que arranca la furgoneta.
—¡Nos están robando la furgoneta que robamos! ¡Eso no se hace! —dice Montaña— ¡Está muy mal!
Botella está fuera de sí:
—¿A qué esperas, Manazas? ¡Pareces un tonto de Tontilandia! ¡Dispárales! ¡Mátalos! —ordena— ¡Que no se lleven la furgoneta! ¡Allí dentro está la gallina de los huevos de oro y todo el oro de la granja que antes cargamos! ¿Es que no te acuerdas?
Manazas saca la pistola de su bolsillo y comienza a disparar a la furgoneta. Las balas rompen, en mil pedazos, los cristales traseros.
—¡Voy a mataros! —grita demente—¡Ese oro es nuestro! ¡Lo necesitamos para emborracharnos mucho!
Pero es demasiado tarde. No solo la furgoneta estaba aparcada muy cerca del establo, sino que la vaca estaba fuera, pastando muy cerca ¡Como Botella había matado a los abuelos nadie se ocupó de meter a la vaca dentro del establo! En menos de un segundo, la furgoneta se convierte en un supositorio “vaquil” y desaparece, introduciéndose en el pompis de la vaca…

vaca-furgon

—¡Estamos salvados! —grita Yoyito
—¡Han desaparecido por el pompis de la vaca! —grita Botella con los ojos abiertos como platos— ¡Eso es imposible!
—¡Feos! ¡Feas! ¡Volved con mi oro! —grita por el altavoz el Hombrecito— ¡Volved ahora mismo o no respondo de mí mismo!