Capítulo 1 “UNA TERRIBLE NOTICIA”

Capítulo 1
“UNA TERRIBLE NOTICIA”

—Iréis a pasar el verano a la granja de los abuelos —anuncia mamá—Les ayudaréis en las tareas del campo.
—¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaa! —llora Luis.
—¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaaa! —llora Luz.
Luz tiene nueve años, Luis siete. Son dos hermanos que se quieren muchísimo. Tanto que Luis cambia siempre la letra “s” del final de su nombre por una “z”: para que su nombre se parezca más al nombre de su hermana.

luzluiz

El problema que se les presenta a Luz y a Luis les resulta tan grande como es el universo para una hormiga.
Los abuelos viven en una granja, en el campo, a diez mil kilómetros de la ciudad. En casa de los abuelos sólo hay luz eléctrica durante una hora. Y para conseguirla hay que estar dando a una manivela, que está conectada a un generador, durante más de 45 minutos. ¡En la casa de los abuelos no hay ni siquiera televisor! Bueno, hay un televisor muy grande, pero el abuelo lo ha puesto en el establo para sentarse sobre él
cuando está cansado de trabajar.

mountainLa granja está situada en las faldas de una montaña. La falda de la montaña es un lugar que está situado antes de subir a la montaña.
No me refiero a que las montañas usen faldas ni zapatos con tacones… aunque les gustaría, pues las montañas son muy coquetas, pero fingen ser inanimadas porque las montañas tienen millones de años de edad y no quieren moverse para no llamar la atención entre la gente, evitar que les saquen fotos con los teléfonos móviles, impedir que los periodistas publiquen esas fotos en las portadas de los periódicos y luego las montañas se vean allí: viejas. ¡Por esto las montañas siempre están quietas, como si no tuvieran vida! Realmente están disimulando.
Antes de que los humanos poblaran la Tierra, las montañas siempre estaban de aquí “pallí”, paseando y provocando terremotos con sus pisadas…

—¡Eso es terrible!—replica Luis— ¡En la granja de los abuelos no puedo jugar a los
videojuegos!
—Y yo no puedo hablar con mis amigas con el móvil ¡En la granja de los abuelos no hay cobertura!
—Pues es vuestra culpa —les explica papá—.Por haber sacado tan malas notas en la escuela.
—¿Y no podéis castigarnos de otro modo? —pregunta Luz— Por ejemplo: vosotros os vais a casa de los abuelos en el campo y nos dejáis a nosotros en casa sólo con un montón de pizzas y el dinero justo para comprar golosinas para sólo dos semanas ¡Ni siquiera tres semanas! ¡Me estoy refiriendo a dos semanas justas de golosinas! ¡Eso es más o menos igual como cruzar el desierto sin agua!
—Lo siento mucho, hijos. Ya está todo dicho. Mañana por la mañana saldréis hacia la granja de los abuelos —zanja mamá.
—¿Y por qué a nosotros nos castigan siempre cuando hacemos las cosas mal y a vosotros no?
—¿A qué te refieres, hijo?
—Pues a que tú cuando perdiste tu trabajo, papá, por hacer las cosas mal en la oficina, nadie te desterró a casa de los abuelos.
Papá baja la cabeza, triste. ¿Cómo explicarle a Luis y a Luz que cuando un papá o una mamá pierde un trabajo recibe, en forma de dolor, el peor castigo que puede recibirse? Un papá o una mamá, lo que más quieren en la vida es tener un trabajo para que a sus hijos no les falte nada de lo que necesitan de verdad. Y si no se tiene trabajo, no se tiene dinero para comprar algunas de las cosas que se necesitan de verdad: como, por ejemplo, un poco de mayonesa para ponerle a un bocadillo de cucarachas…
¿Qué digo? ¡Me equivoqué! ¡A un bocadillo de tortilla! ¡Perdón! ¡Las cucarachas no se comen porque saben horrible! Sólo las serpientes comen cucarachas ¡Pero sólo porque las serpientes no saben utilizar una sartén para prepararse una tortilla! ¡Ay, si las serpientes tuvieran manos! ¡La de tortillas que se harían! Lo que más quiere una unatortillaserpiente en el mundo es tener manos para dejar de comer cucarachas y hacerse tortillas.
—¡No se hable más!—interrumpe mamá— ¡Iréis a pasar unas semanas a casa de los abuelos por las malas notas y para desintoxicaros de los móviles y de los videojuegos!
—¿Qué es desintoxicarse? —pregunta Luz.
—Aprender a vivir sin algo que realmente no necesitas y que te está haciendo daño.
—¡A mí lo que me hace daño es no jugar a los videojuegos! —grita Luis.
—¡A mí me hará tanto daño no poder hablar con mis amigas que moriré de “amiguitis”! ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Tengo “amiguitis”!
Luz comienza a fingir que tiembla sin poder remediarlo: sacudiendo su cuerpo como si fuera una batidora mientras grita:
—¡Ay Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡No puedo parar de temblar como una batidora! ¡Que alguien me dé el móvil para hablar con mis amigas o seguiré temblando hasta que se haga de noche! ¡No puedo paraaaaaaaarrrrrr!
Pero Luz no puede fingirlo más que durante cuatro segundos, porque comienza a marearse.
Se sienta sobre el borde de su cama con la mano en la cabeza, esperando a que su cabeza deje de girar. Además, aunque hubiera seguido temblando durante diez segundos más, sus
padres tampoco le hubieran creído, porque no hay ningún padre en el mundo que sea tan tonto. Bueno, en Tontilandia, sí que hay padres así de tontos. Pero Tontilandia es un país que
aún no se ha descubierto, porque los muy tontos crearon ese país en el centro de la Tierra y sus habitantes no saben cómo salir de ahí para ir a la playa o al supermercado, porque se les
olvidó el camino por el que vinieron. La persona que fundó el país de Tontilandia (hace 500 años) se llama Alberto y es muy, muy tonto. Es el cuñado de alguien. Un día le dijo a sus familiares y amigos que iba a llevarlos de excursión para hacer una barbacoa (él trabajaba en una charcutería y tenía muchas salchichas que estaban a punto de caducar) y el muy tonto, en
lugar de reconocer que se había confundido de camino y estaba perdido, siguió caminando y caminando hasta llevar a sus amigos al centro de la Tierra. A los familiares y amigos les daba
vergüenza dejar de seguir a Alberto, porque también eran muy tontos y porque les gustaban mucho las salchichas. Cuando llegaron al centro de la Tierra (porque se cayeron por un túnel), no supieron volver, así que tuvieron que establecerse allí y comerse todas las salchichas.
Ahora viven en madrigueras y, como se les han terminado las salchichas, comen raíces y gusanos.

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El presidente de Tontilandia sigue siendo Alberto, el cuñado, que no ha muerto todavía porque es tan tonto que su cuerpo no sabe cómo morirse.
—¡No podéis hacernos esto! —lloriquea Luis— Es que… además… lo sabéis. Al abuelo le huele muy mal el aliento. Cada vez que nos habla es como si su boca acabara de tirarse un pedo.
—Por eso necesitas ir. Para recordarle cada día al abuelo que ha de lavarse los dientes. Si se lava los dientes después de cada comida, no le olerá el aliento.
—¿Y por qué no le dice la abuela que se lave los dientes?
—¡Porque la abuela está enamorada del abuelo y no le huele nada! ¡El amor le hace inmune al mal olor!
—¿Quieres decir que, aunque el abuelo le pusiera en la nariz a la abuela un calcetín maloliente, la abuela olería ese calcetín como si fuera un perfume de rosas?
—Exactamente.
—A ver, papá: sácate los calcetines y pónselos debajo de la nariz a mamá ¡Queremos una demostración porque yo no me creo nada de eso!
—¡Abrase visto niños más desconfiados! ¡Venga! ¡A dormir! —dice mamá.
Papá y mamá abandonan el cuarto de los niños, tras apagar la luz. Los niños cierran los ojos, asustados: en sus mentes se dibuja el futuro en casa de los abuelos. Se acuerdan
de que a su abuelo le falta un dedo. Bueno, en realidad le falta la carne que rodea a ese dedo.
En ese dedo sólo tiene un hueso que utiliza, a menudo, para rascarse los agujeros de la nariz cuando siente picor.
—¡Terrible! ¡Terrible! — dice en voz alta Luis.
—¡Angustioso! ¡Verdaderamente angustioso! —dice en voz alta Luz— Estamos acabados como personas e individuos.
—En el campo se trabaja muchísimo… Nos van a salir músculos hasta en las pestañas…
Tras cerrar la puerta del cuarto de sus queridos hijos, mamá y papá se miran con cara de preocupación. Ellos tienen otro problema, un problema que para ellos también es tan grande, como lo es el universo para una hormiga: están pensando en divorciarse. Mamá y papá no saben si quieren seguir juntos. No saben si el amor que les unía lo han perdido (y sólo tienen que encontrarlo otra vez) o se murió como una flor sin agua. Esa es la verdadera razón por la que papá no le puso los calcetines debajo de la nariz de mamá. Esa es la verdadera razón por la que mandan a sus hijos al campo con los abuelos. Quieren vivir un mes separados para pensar si seguir juntos o… divorciarse.