Capítulo 2 “LA EDAD DE LOS ABUELOS Y LAS FLORES DEL CORAZÓN”

Capítulo 2
“LA EDAD DE LOS ABUELOS Y
LAS FLORES DEL CORAZÓN”

Al día siguiente, la familia viaja en tren hasta las afueras de la ciudad. En la última estación de todas, les esperan los abuelos que, como no os los he presentado antes, os los presento ahora: se llaman Tito y Ana.
Mucho gusto.
Los abuelos les habían ido a buscar en una vieja furgoneta que olía a verdura, queso,
chorizo, huevos y pan. Porque esos son los productos que los abuelos transportan los domingos en la furgoneta: para venderlos en el
gran mercado de la ciudad.
—Hola queridos nietos míos —saluda Tito— ¡Qué alegría veros de nuevo! ¡Ay, que contento estoy! ¡Qué contento!
—¡Foooooooooooooooooo! —dice Luis— ¡Qué peste!
—No hables así a tu abuelo!–dice la abuela.
—Déjale —repone el abuelo— Si a mí no me importa. Es una delicia verles. Les echaba muchísimo de menos.
—Abuelo… —dice Luz— Hoy tampoco te has lavado los dientes.
—Pero si me los lavé el mes pasado… Yo pensé que los “dientríficos” modernos duraban mucho más tiempo…
—¡Abuelo! ¡Que hay que lavarse los dientes todos los días!
—Es que se le olvida —le disculpa la abuela— Nada más levantarse se pone a trabajar como una mula. Y no vuelve a la casa hasta que se hace de noche.
—Estáis más viejos que la última vez que os vimos —dice Luis.
—Es como si yo fuera un iPhone 10 y tú, un teléfono de esos grandes y negros que no se podía mover de encima de la mesa y que te obligaban a hablar donde ellos quisieran y no donde quisieras tú —describe Luz.
—Uy, estos niños parecen que tienen la rabia. ¿Les habrá mordido un perro?—pregunta la abuela.
—Bueno… eso de la edad es relativo —dice el abuelo— Yo ahora mismo no tengo 77 años sino 15, porque tengo el corazón muy alegre por volver a veros ¡Mirad con que fuerza levanto vuestras maletas y las llevo a la furgoneta! ¡Esto no lo podría
hacer un viejo de 77 años!… Y vosotros, a las doce de la noche, no tenéis 7 y 9 años, como tenéis ahora mismo, sino 77 y 99 años porque estáis siempre muy cansados. Mi esposa y yo, cada mañana, cuando nos levantamos, tenemos sólo 20 años. Es sólo, a
última hora del día cuando volvemos a ser viejitos.
—Venga —dice mamá— dejémonos de tonterías y subamos a la furgoneta de los abuelos, que nosotros tenemos que volver aquí dentro de un rato a coger otro tren para regresar a la ciudad!
—¡Nooo! ¡Por favor! ¡No os vayáis! ¡No nos dejéis aquí solos!
La familia se sube a la furgoneta de los abuelos y, estos, arrancaron.
—¡A la granja!
—¡Nooooo! ¡Queremos volver a nuestra casa! ¡Echamos de menos la polución y el ruido!
—¡Y yo a mis amigas superficiales! ¡No queremos quedarnos a vivir todo el verano con estas momias!
—Disculpad las tonterías que están diciendo. Ya sabéis que no querían venir —dice papá.
—¿Y eso? ¿Por qué? —pregunta la abuela— ¡Si la otra vez que vinieron se lo pasaron estupendamente!
—Eso era porque yo antes era chico. Tenía 6 años y si me dabas unos folios y unas ceras me ponía a dibujar como un tonto durante toda la tarde sin decir ni pío pío. Pero es que ahora ya soy adulto. Ahora tengo 7 años.
—Y yo 9 años —añade Luz— Estoy preocupada por mi porvenir. Ya no estoy para perder el tiempo.
—Realmente no querían venir porque no tenéis electricidad y una tele que funcione en casa —explica avergonzada mamá— No es por vosotros…
—¿Pero para qué vamos a querer nosotros corriente si es malísima para la salud? —exclama la abuela— El día que la electricidad se pueda comer,
la pondremos en casa.
—La electricidad es para los vagos. El otro día vi una máquina que, con electricidad, atornillaba tornillos, sola ¡Qué “vagancia” es la gente! —se queja el abuelo.
—¡Abuelos! ¡Es que no tenéis ni cobertura en casa! —señala Luz.
—¡Anda! ¡Pero qué bruta! ¡Ahí sí que te has pasado! —dice el abuelo— ¿Cómo que no tenemos cobertura en la casa? ¡Si tenemos un techo! ¿Qué creéis? ¿Que os vais a mojar cuando llueva?¡ Ay que tonto! ¡Ni que fueras de Tontilandia!
—¡Abuelo! Me refiero a cobertura para el teléfono móvil. Para que yo pueda hablar con mis amigas.
—En mis tiempos —dice la abuela— una, cuando se iba de vacaciones, dejaba de ver a sus amigas por unos meses: pero así era mejor, porque a la vuelta, nos reuníamos todas juntas y nos contábamos, con muchas ganas, toooooodo lo que nos había pasado en verano.
—A nosotras nos gusta saber todo al segundo —explica Luz— Por ejemplo, en el tren, justo antes de llegar aquí, vi a un hombre durmiendo, soltando un montón de baba por la boca. Yo le saqué una foto con el móvil sin que él se diera cuenta y… ¡no se la pude mandar a ninguna de mis amigas! ¿Entiendes? ¿Entiendes mi sufrimiento? Yo no puedo presentarme dentro de un mes delante de mis amigas y enseñarles esa foto. Me mirarían como diciendo “o sea, ¿para qué has guardado en tu teléfono una foto de un hombre babeando durante un mes? Estas fotos o se comparten en el momento o se pierde la oportunidad.
—¿La oportunidad de qué?
—De hacer reír a tus amigas y que te quieran más… Si haces reír a tus amigas y cada día les escribes o les cuentas algo gracioso, no te olvidan nunca. Pero si estas mucho tiempo sin decirles nada, puede que te olviden y te dejen de querer. Lo mismo con mamá y papá…si no hablamos con ellos todos los días nos dejarán de querer…¡Nos olvidarán! —y Luz comienza a llorar.
Mamá la abraza y le dice:
—Eso no funciona así, cariño. Te explico. Nosotros nos vamos a ir y vamos a dejaros de ver todo el verano ¿Tú crees que os vamos a olvidar o dejar de querer? No. Porque en nuestro corazón tenemos acumuladas un montón de fotos, chistes y momentos
con vosotros. Momentos buenos y momentos malos, todos cuentan. Esos recuerdos no se borran: sino que forman una semilla que llena de flores el corazón. Y las flores que se forman dentro del corazón no les hace falta ni que las rieguen ni que las
poden. Son flores eternas. Por eso da igual que nos dejemos de ver por unas semanas. Nuestras flores impedirán que os olvidemos nunca.
—Es como las series que veis por internet. —dice papá— Cuando se acaba una temporada no las olvidáis. Si no que os fastidia y os pasáis seis meses deseando que empiece la nueva temporada, ¿verdad? Y cuando empieza estáis superemocionados.
Pues esa emoción la sentirás y las sentiremos cuando volvamos aquí a recogeros.
—Sí, todo eso genial. Asunto solucionado para ella. Pero yo me quedo sin videojuegos y sin películas.
Y os aseguro que esas cosas no están dentro de mi corazón. ¡Me voy a aburrir como una ostra en el desierto! —protesta Luis.
—¡Pues haber sacado mejores notas! —dice mamá.
Ya habían llegado a la granja, así que Luis, visiblemente enfadado, se baja de la furgoneta y toma su pesada maleta:
—¡No os necesito para nada! ¡Iros! ¡Iros! ¡Dejadnos con estas momias! —grita hecho una furia.
Luis sube las escaleras de la casa. En el segundo piso está la habitación en la que dormirá junto a su hermana, lo recuerda de las otras veces que han venido a quedarse.
El abuelo descarga la maleta de Luz y sube las escaleras de la casa, hasta la habitación en la que se encuentra Luis. Allí está: mirando enfadado a través de la ventana.
—¿Qué juego de ordenador echas de menos?
—Si pudiera, ahora estaría jugando al “Comando Misión Letal”.
—¿De qué va eso?
—Yo soy un soldado y tengo que matar zombies.
—Mmm… aquí puedes jugar también a eso. Pero de forma más real. Ahora regreso.
El abuelo va hasta el cobertizo y regresa con una gorra de cuando él estuvo en la guerra, se la pone a Luis en la cabeza y le entrega un matamoscas.
—No sé si te has fijado que la casa está llena de moscas y son un incordio porque se te meten en los ojos y se posan sobre la comida. Por cada mosca que mates tienes 10 puntos. Y por cada mosquito, 50 puntos.
—Pero eso no es emocionante.
—Lo es. Porque cuando las moscas vean que las estás matando, se aliarán contra ti y formarán la gran mosca. Una mosca gorda, tan grande como un cerdo pero con alas. Esa mosca irá a por ti y entonces tendrás que demostrar de lo que estás hecho: si eres un héroe o un cobarde.
—Eso no puede ser verdad…
—Pues prueba. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que viniste aquí, ¿sabías eso?
—¿En qué sentido?
—Una parte del bosque estaba encantando. El bosque ha ido creciendo y ahora, nuestra casa, también está encantada.
—Estás bromeando. Esas cosas estaban bien que me las contaras cuando yo era un niño, pero, como te dije antes, ahora soy un adulto ¡No me lo creo!
—¿Ah, sí? Pues empieza a matar moscas y verás lo que pasa.
El abuelo se marcha del dormitorio. Luis se queda pensando, solo en la habitación, con el matamoscas en la mano. Una mosca se posa sobre la ventana. La mosca se queda mirando a Luis. Luis mira a la mosca.
Mientras piensa si aplastarla o no, la mosca sonríe a Luis y le dice:

mosca
Dicho esto, la mosca sale volando y desaparece.
—¿Qué? ¿Ha hablado? —piensa Luis— ¡Eso es imposible! ¡La mente me ha jugado una muy mala pasada!
—¡Luis! ¡Baja! —grita Luz— ¡Que papá y mamá se van!
Luis y Luz se despiden de papá y mamá, con lágrimas en los ojos.
—Jamás volveremos a sacar malas notas —les prometen— ¡Por favor! Esto es demasiado castigo.
Unas horas de tren después, de regreso en la ciudad, mamá y papá se despiden también. Marchan por caminos diferentes. Mamá pasará el mes de vacaciones, en la costa, en casa de una de sus primas. Papá decide quedarse en la ciudad, tratando de encontrar un trabajo.
Cuando papá y mamá se separan, ambos piensan qué pasó con las flores que tenían dentro de sus corazones y que se habían formado con el amor que habían sentido el uno por el otro, el amor que les había impulsado a casarse y a formar una familia.
—¿Dónde estarán esas flores? —piensan.
Ambos envidián a los abuelos: ellos llevan juntos más de 50 años y cada año que pasa, parece que se quieren más y más. ¿Por qué ellos no pueden vivir eso también?… ¿Por qué?

mamaypapa