Capítulo 3 “MI GOZO EN UN POZO”

Capítulo 3
“MI GOZO EN UN POZO”

—¡SARDINAS EN LATA! —canta una voz en mitad de la noche.
Luis abre los ojos:
—¿Quién está cantando?
Luz también abre los ojos para saber qué hora es: mira su teléfono móvil que está en la palma de su mano. Luz duerme abrazada a él, como si su teléfono móvil fuera un osito de peluche.
—Son las 5 de la mañana —dice.
—¡SARDINAS EN LATA! ¡SARDINAS EN LATA! —vuelve a cantar alguien.
Los niños miran por la ventana. Es el gallo quien canta esas palabras.

sardinas
—¿Pero los gallos no cantan “kikirikí”? —pregunta Luis a Luz.
—¡Eso creía yo también!
Tito y Ana entran en la habitación.
—¡Ya se va a hacer de día! ¡A desayunar!
—¿Por qué el gallo canta “sardinas en lata” en lugar de “kikirikí”?
—¡Oh! Antes el gallo siempre cantaba “kikirikí”. Pero de un tiempo a esta parte cada mañana canta lo que quiere. La pasada semana cantaba “¡ABAJO EL GOBIERNO! ¡ABAJO EL GOBIERNO!”. Y nos preocupamos: porque no sabíamos si se refería
al gobierno de la nación o se refería al gobierno de la granja. A lo mejor pretendía organizar, junto con el resto de los animales de la granja, un levantamiento
animal contra nosotros. Gracias a Dios ha dejado de cantar eso y ahora canta “sardinas en lata”.
—Yo creo que lo único que pasa, es que ese gallo es mitad loro. A lo mejor su padre era un loro y su madre una gallina —dice la abuela.
Los niños se miraron extrañados.
—¿Pero esto es superextraño? ¿No?
—Se lo íbamos a contar a vuestros padres antes de que os trajeran, pero como ellos… ellos querían castigaros por vuestras malas notas… preferimos callarnos y no contarles nada de los hechos extraordinarios que estamos presenciando desde hace unos días en la granja.
—Sí. Al fín y al cabo, estos sucesos no son malos ni peligrosos. Son cosas graciosas.
—¿Qué más cosas han pasado? —preguntó Luz.
—Pocas cosas más aparte de lo del gallo o que las cabras no quieren hacer sus necesidades en el campo, sino en el cuarto de baño de nuestra casa. Si nos
despistamos y dejamos la puerta de la casa abierta, las cabras forman una cola de aúpa en nuestro baño porque todas quieren utilizar el váter ¡Venga! ¡A
desayunar! Hay que desayunar bien, para poder trabajar bien.
—¿A desayunar ya? ¡Pero si aún no se ha hecho de día!
—¡Dentro de poco llegará la luz del sol! El gallo nos despierta cada día para avisarnos. Cuando el gallo canta, a la hora llega la luz del sol.
—Recordad que aquí no hay luz eléctrica. Así que hay que aprovechar la luz del día a tope, si queremos encargarnos de todas las cosas de la granja. Cuando terminemos de desayunar, la luz del día ya estará lista para nosotros.
—Pero es que aún no tenemos hambre. Y estamos de vacaciones —repuso Luis.
—¿Seguro que no tenéis hambre?
Tras decir esto, Tito abre la puerta del dormitorio de los niños un poco más… permitiendo que un gran olor de pan recién hecho inunde el dormitorio de los niños…
—Hemos preparado pan y hay mermelada de unas moras que pillamos ayer por el camino… También os hemos hecho una tarta de merengue y frutas…
El olor que llega a los niños es tan maravilloso, que aunque quisieron fingir haciéndose los duros, no pudieron hacer otra cosa que bajar a la cocina a ver lo que los abuelos habían preparado. ¡Se les hizo la boca agua! Luz y Luis
se sentaron en la mesa y comenzaron a comer como si el mañana no existiera.
Tras desayunar el mejor desayuno de sus vidas, los niños quisieron ir a ver al gallo que cantaba “sardinas en lata” en lugar de “kikirikí”.
Luz utilizó su teléfono móvil para grabarlo en vídeo. Luis se preguntó dónde estaba el abuelo: se dio cuenta de que el abuelo se había alejado. Lo encontró arreglando la ropa de un espantapájaros que está, haciendo su trabajo de espantapájaros, en mitad de un huerto de guisantes. El abuelo se entretiene abrochando, alrededor del cuello, una simpática pajarita roja de terciopelo raso. También le coloca, con cariño, un sombrero de copa:
—¿Por qué le pones una pajarita tan bonita a ese muñeco? ¿Por qué le cuidas tanto? ¡Ese sombrero tiene pinta de ser muy caro!
—Porque si cuidas de la granja y das amor a tu trabajo, la granja y tu trabajo cuidan de ti.
—¡Buf! En esta granja están todos locos —sentencia Luis— Ese sombrero y esa pajarita son muy elegantes… El espantapájaros va mejor vestido que tú, abuelito.
Mientras tanto, Luz ha terminado de grabar el vídeo del gallo. Anda con el teléfono en la mano. Se ha alejado del gallo, de Luis y del abuelo: los dos han dejado al espantapájaros y se han ido a dar de comer a los cerdos. Luz busca —por el terreno de la granja— una rayita de cobertura para mandar el vídeo que acaba
de grabar a sus amigas.
—Seguro que este vídeo se hace famoso y supera el millón de visitas en el “You Tube” —piensa Luz—Y yo también me haré superfamosa por haberlo grabado.
Mientras camina, los saltamontes huyen de las pisadas de Luz.
—¡Qué asco! ¡Un saltamontes! —dice Luz.
—¡Qué asco! ¡Un humano! —dicen los saltamontes en su idioma.
La cara de Luz se ilumina de felicidad… ¡Está sucediendo un milagro! ¡Una rayita de cobertura! Pero, no… ¡Tan pronto como aparece la
rayita, desaparece inmediatamente!
—¡Aquí estabas rayita! ¡Aquí estabas! ¡Rayita!
¿Dónde te has ido? —se desespera Luz— ¡Vuelve! ¡Vuelve!
Luz se sube al borde del pozo. De ese pozo Tito y Ana recogen agua cada día, para beber ellos y el ganado. La rayita de cobertura regresa al móvil de Luz.
—¡Ahí estás, rayita pillina! —grita feliz.

rayita

La felicidad de Luz dura sólo un segundo. Desgraciadamente, pierde el equilibrio… ¡Cae por la profundidad del oscuro pozo! Su cabeza se golpea con una de las duras paredes del pozo… cae al agua inconsciente. Luz comienza a ahogarse, con los ojos cerrados. Si, en ese momento, pudiera mandar un mensaje a sus
amigas, sería este:
🙁

—¿Dónde está Luz? —pregunta Ana.
—¡Ni idea! —contesta Luis— ¿Te crees que soy su guardaespaldas?
—¡Luz! —grita Tito.
—¡Luz!— grita Ana.
Luz despierta. Está sobre la hierba del prado.
Le duele la cabeza: tiene un chichón del tamaño de un tomate. Toda su ropa y cabello está empapada.
—¿Dónde está mi teléfono? —piensa— ¿Por qué no está en mi mano?
Entonces recuerda que se cayó al pozo… ¿Y eso?… ¿Cómo es que ahora está sobre la hierba?
Luz se levanta del suelo, asustada. Comienza a gritar:
—¡Mi móooovil! ¡Mi móooovil!
Mira al interior del pozo. Allí está. En el fondo del pozo. Justo donde debería estar ella, sin vida. Tito y Ana corren hasta donde la niña grita.
—¿Qué te pasa?
—¡Oh! ¿Por qué estas tan mojada?
—¡No lo sé! ¡No lo sé! Me caí ahí dentro.
—¿Te metiste dentro del pozo para darte un baño!
—¡No!
—¿Cómo saliste del pozo? ¡Es imposible salir del pozo!
—¡No lo sé! ¡No lo sé!
Tito y Ana se miraron muy asustados, sin entender nada. Luis se asustó mucho ¡Su hermana podría haber muerto! Abraza a su hermana fuertemente y, con lágrimas en los ojos, le dice:
—¡Hermanita! ¡A partir de ahora seré siempre tu guardaespaldas!
Ana mira dentro del pozo. Finalmente dice:
—Tal vez estás equivocada. No creo que te hayas metido ahí dentro. Si te hubieras metido, no podrías haber salido. A lo mejor lo que hiciste es tomar un cubo de agua y tirártelo por encima porque tenías mucho calor. Pero con tan mala suerte que el cubo se te cayó sobre la cabeza y no lo recuerdas. De ahí el chichón ese tan grande que tienes adornándote la cabeza.
—¡Te prometo que no, abuelita! ¡Me caí dentro del pozo!
—¡Eso es imposible! ¡Lo que pasa es que te da vergüenza decir que se te cayó el cubo de agua encima!
¡Anda, no seas tonta! ¡Eso son cosas que pasan!
Y todos marchan al interior de la casa: para que Luz se seque y para curarle ese pedazo de chichón.
—No te preocupes hermanita —dice Luis— Yo te dejaré mi teléfono móvil para que no te de “amiguitis”.
Cuando los abuelos y los niños pasan al lado del espantapájaros, están tan nerviosos y extrañados por lo sucedido, que nadie repara en que el espantapájaros está empapado.