Capítulo 5 “LA CULEBRA ROSA”

Capítulo 5
“LA CULEBRA ROSA”

Luis, a la sombra de un árbol, se está comiendo un trozo de sandía superfresquita. Piensa que comer sandía es más refrescante que tomarse un refresco con gas. Además los refrescos con gas producen pedos. Y él lo pasa muy mal cuando se tira un pedo en clase y todos sus compañeros de clase se ponen a preguntar:
—¿Has sido tú? ¿Has sido tú?
Porque él, siempre que se tira un pedo, se pone superrojo de vergüenza y todo el mundo sabe que ha sido él. Luis decidió que, a partir de ahora, siempre que tuviera ganas de tomar algo fresquito, buscaría una sandía. Estaba pensando si, para invitar a sus amigos, podría cargar con una sandía dentro de su maleta del colegio cuando una culebra le mordió en el tobillo:
—¡Aaaaaaahhhhhhh! —grita el pobre Luis.
La culebra, tras morderle, desaparece entre la hierba.
—¡Socorro!, ¡socorro!, ¡abuelitos!, ¡socorro! ¡Voy a morir!—grita muy asustado Luis.
—¿Qué te ha pasado, Luisito?
—¡No me llames Luisito que me da vergüenza!
Luis enseña el tobillo a los abuelos: la mordedura le ha provocado una gran hinchazón.
—¡Me ha mordido una serpiente!
—No te preocupes. Es una mordedura muy pequeña. Habrá sido una culebrilla y todas no son venenosas. Por aquí hay algunas, de vez en cuando, porque los ecologistas están repoblándolas.
—¡Ya podrían repoblarlas en sus casas! —protesta la abuela.
—Vamos al hospital, subámonos a la furgoneta.
No es grave, pero mejor que te mire un médico —dice Tito.
Los abuelos y los niños van en dirección de la furgoneta pero, a cada paso que da Luis, la pierna y el cuerpo se le van hinchando más y más. Diez pasos más tarde Luis se convierte en un globo humano que comienza a elevarse por el aíre: en dirección al cielo.
—¡Socorrro! ¡Vueloooooooooo!
—¡Hermanito! ¡Hermanito! ¡No te vayas volando por el cielo! ¡Que me quedo sin hermanito!
Ni corta ni perezosa, Luz salta todo lo que puede y logra alcanzar y agarrar el pie de Luis: pero en lugar de conseguir bajarlo al suelo, Luz también se eleva por el cielo.
—¡Nos vamos volando, abuelos! ¡Adióooos muy buenaaaas!
El abuelo salta hacia el pie de Luz, lo agarra y también se eleva con los niños ¡Luis se ha hinchado tanto que ya es del tamaño de un coche!
—¡Esposaaaaaaaaa! —grita Tito— ¡Que nos vamos volando! ¡Adióooos muy buenaaaas!

socorro
Ana suelta su bastón y también agarra el pie de Tito, para tirar hacia abajo y que sus nietos y su esposo no se vayan volando por el cielo.
No tiene éxito. En ese momento Luis se había hinchado tanto que ya era del tamaño de un globo aerostático. Nietos y abuelos se elevan por el aire, agarrándose muy fuerte los unos de los otros.
—¡Luis! ¡Baja! ¡Desínflate! ¡Que estamos subiendo en dirección a la luna!
—¿Y cómo lo hago?
—¡Tiremos para abajo! ¡Hagamos fuerzas hacia abajo!
La familia lo hizo. Pero nada ¡Seguían subiendo!
—¡Seguimos subiendo! —dice Ana— ¡Nos vamos a vivir a la Luna! ¿Y ahora quién le dará de comer a las gallinas y a las vacas?
—¡Ponte de pesado, hermanito! —dice Luz.
—¿Cómo?
—Sí. De pesado. Como cuando te pones a hablar todo el rato y a reprenderme y a contarme cosas de videojuegos y de películas que no me interesan nada
y no paras de hablar: blablablá, blablablá, blablablá…
—No creo que eso funcione… —dice Tito.
—Bueno, lo voy a intentar… Voy a contaros una anécdota de pesado que me pasó el otro día con mi amigo Eustaquio…
Luis se pone a hablar sin parar: se pone a hablar de una cosa que le había dicho su amigo Eustaquio en el colegio, de cómo iba vestido Eustaquio ese día, del chicle que estaba masticando Eustaquio ese día…
—Creo que era un chicle de fresa… o de menta… o de regaliz… o de limón… o chicle de sabor de caramelo o de… —Luis habla muy despacito para
resultar aún más pesado.
—¡Dios mío! ¡Qué pesado! —grita Ana— Con eso no vais a conseguir nada, salvo darnos dolor de cabeza ¡Vamos a llegar a la Luna con dolor de cabeza!
Luis sigue hablando de Eustaquio, de cómo iba peinado ese día, de cómo llevaba los calcetines Eustaquio, uno arriba y otro bajado… ¡Luis es un auténtico pesado! ¡No para de hablar de cosas que no interesan a nadie!
Tan pesado que… ¡funciona! La infección de la culebra se cansa de él y Luis comienza a desinflarse y a bajar.
—¡Vivaaaaaaaaa! —grita Luz.
—¡Qué increíble! ¡Qué cosas más extrañas están pasando! —dice Ana.
—¡Ahora podré darle de comer a las vacas!
Pero Tito tuvo mala suerte. Cuando se posó en el suelo… ¡se torció un tobillo!
—¡Ay, no puedo caminar! —se queja.
—Bueno, pues vayamos al hospital de una vez.
Para que miren la mordedura en el pie de Luis y para que te pongan a ti un yeso en el pie ¡Desde luego que hoy ninguno de los dos habéis empezado el día con buen pie… ¡Yo conduciré! —indica Ana.
Así fue: la familia se monta en la furgoneta, rumbo al hospital. El hospital está a cinco horas de distancia de la granja. Así que, cuando volvieran, ya sería bien entrada la noche.
—¡Pobres vacas! —llora Tito— ¡Pobres vacas!
Hoy van a quedarse sin comer.
—¿No podemos darles de comer nosotros a la vuelta? —preguntan los niños.
—Imposible. La comida de las vacas es paja seca que está envuelta en plástico, en unos rollos que pesan casi tanto como tú antes, Luis. Hay que elevarlos con el tractor y traerlos hasta el establo. Ni Ana ni vosotros sabéis utilizar el tractor. ¡Yo no
puedo conducirlo porque tengo el pie malo! ¡Ay qué pena las vacas! ¡Qué penaaaaa!
—Muuuuuuuuuuuuuuu. — dice una vaca.
—¿Ves, Ana? Están diciendo que tienen hambre.
—Abuelo, ¿tú entiendes el idioma de las vacas?
—¡Claro! Todo el mundo en el pueblo habla el idoma de las vacas, por eso nos llevamos tan bien con ellas y son tan pacíficas. Hemos descifrado su idioma. El idioma de las vacas consiste en entonación y alargamiento de la letra “u”. Ocho “ues” en “mu” significa “Hola qué tal, bonita tarde, ¿verdad?”. En cambio, siete “ues” en “mu” significa. “Pues parece que hoy va a llover”. Según el número de “ues”, la palabra mú significa una cosa u otra.
—Muuuuuuuuuuuuuuuu.
—¿Y qué está diciendo ahora, abuelo?
—Que les traigamos, aunque sea, unos sándwiches y unos donuts del bar del hospital.

Por la noche, cuando regresaron del hospital, con Luis y Tito tratados, Ana lleva los sándwiches y los donuts a las vacas. Pero las vacas no quieren comer más. Dicen:
—Muuuuuuu Muuuuuuu Muuuu.
Que significa:
—Ya hemos comido. Nos trajeron mucha paja. Gracias. Estamos llenas. Sólo queremos dormir. Por favor, sal del establo que nos has despertado, cierra la puerta y apaga la luz.
Ana mira y comprueba que es cierto lo que las vacas dicen. Alguien ha ido hasta el monte con el tractor, ha tomado los rollos de paja y los ha traído hasta la granja: colocándolos delante de las vacas…
—¿Quién ha sido? —pregunta Ana a las vacas.
—Muuuuu muuuuuuuuuu Muuuu.
Que quiere decir:
—No te lo decimos. Es un secreto. Y ahora no seas pesada y déjanos dormir… ¡que eres más pesada que una vaca en brazos! —dice la vaca enfadada.
Ana regresa a la casa y se lo cuenta a Tito:
—¿Quizá fue Paco, el paisano que vivía en Alemania y que regresó al pueblo a través de la vaca?
Quizás vino a darnos las gracias y las vacas le dijeron que estaban hambrientas.
—¿Él también habla el idioma de las vacas? —pregunta Luz.
—¡Claro! Es del pueblo.
Pero no. No había sido Paco quien dio de comer a las vacas… ¡Había sido el espantapájaros!
¡Sólo que aún nadie lo sabe!

A mitad de la noche, Luz y Luis se levantan de la cama, caminan hasta donde Ana y Tito duermen. Luis, mueve el hombro del abuelo, despertándole.
—¿Eh? ¿Qué pasa, hijo?
—Hemos estado hablando y nos sentimos muy mal.
—¿Por qué?
—Porque os dijimos cosas feas en la estación de tren —dice Luz.
—Realmente no te huele el aliento y no eres para nada un viejo. Te quiero mucho abuelo —dice Luis.
—Y yo.
—No os preocupéis, hijos. No hay nada que perdonar—dice Tito.
—Nosotros también os queremos mucho —dice Ana.
—Podemos dormir con vosotros, ¿por favor?
—Venga… vale.
Los abuelos hicieron espacio y Luz y Luis se metieron en la cama con ellos.
—Abuelo —dice Luis— ¿puedes abrazarme para así poder dormir mejor?
—Claro, hijo —dice Tito con lágrimas en los ojos de emoción.
Y antes de que Luis cerrara los ojos y se elevara hasta los más dulces sueños, escuchó al abuelo decir:
—Sí que me huele el aliento. Lo que pasa es que me quieres tanto como la abuela y no lo notas.