Capítulo 6 “EN EL MERCADO”

Capítulo 6
“EN EL MERCADO”

—¡Los coreanos atacan! ¡Los coreanos atacan! —canta el gallo.
—¡Hoy es domingo! —grita el abuelo a las 5 de la mañana, desde la cama—¡Hay que ir al mercado! ¡A levantarse todo el mundo!
—¡Abuelo! ¡Pero si tienes el tobillo mal! —señala Luz.
El abuelo se levanta cojeando y camina hasta el cuarto de baño. Comienza a lavarse los dientes mientras dice:
—Eso da igual. Cada domingo tenemos que ir al mercado de la ciudad. Allí montamos un puesto y vendemos productos del campo. Con el dinero que ganamos compramos piensos y medicinas para los animales.
—Y ropa y pagamos los impuestos… —añade Ana— ¡Ese es nuestro trabajo!
Tras el desayuno (esta vez desayunan pan con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y unos huevos fritos con beicon… tienen que comer mucho, porque hoy van a tener que trabajar mucho) el abuelo baja las escaleras como puede y, junto a su esposa y los niños, ayuda a cargar la furgoneta con huevos, sandías, lechugas,
sacos de patatas y cebollas, quesos y chorizos caseros. También cargan unas cuantas
cestas artesanales que hace el abuelo con mimbre.
—¡Rumbo al mercado de la ciudad! ¡A ver si tenemos un gran día de venta!

Es muy temprano cuando la familia llega al mercado de la ciudad. Ni siquiera el sol se ha despertado del todo.
—¡Hola Tito y Ana! —les saludan los demás vendedores del mercado, que también acaban de llegar —¿Quiénes son esos niños tan guapos que os acompañan?
—Son nuestros nietos —responden los abuelos, orgullosos.
—¡Son tan guapos que parecen estrellas de cine! —dice una vendedora de otro puesto más lejano.
Ana aparca la furgoneta en mitad de la plaza y la familia comienza a descargar los productos agrícolas y los hierros con los que comienzan a montar el puesto. Cuando terminan, la abuela se lleva la furgoneta hasta a un parking cercano y regresa al puesto: a esperar que lleguen los clientes. A eso de las 10 de la mañana comienzan a llegar. Todos los puestos del Mercado, más de quinientos, están preparados
para recibirlos.
—¡Se nos olvidó traer el gallo! ¡Qué pena! —dijo Luz—¡Si lo hubiéramos traído, se hubiera puesto a cantar las cosas raras que canta y el puesto se hubiera llenado de gente!
—¡Ay! ¡Tienes razón! El próximo domingo lo traemos.
El Mercado comienza a llenarse de mucha gente. Vienen de todos los lugares de la provincia.
—¿Por qué viene tanta gente a comprar las cosas del campo? —preguntó Luis— ¡Es estúpido! En los supermercados hay también todas estas cosas …
—Ya. La gente que nos compra productos a nosotros, que se los traemos del campo, está más sana.
La gente de la ciudad se acostumbró a comprar cosas empaquetadas. Es mejor comer cosas que están esperándote en la rama de un árbol o bajo la tierra.
La Tierra nos da todo lo que necesitamos. Pero en la ciudad usan el suelo sólo para pisarlo o hacer carreteras.
Por desgracia, no sé muy bien cómo, algunas personas malvadas se llevaron del campo a todas las personas y las metieron en las ciudades. Allí les llevan comida empaquetada, criada entre pesticidas y productos químicos. A los niños les han enseñado que, en lugar de tomar una mora de una zarza cuando les apetece una golosina, es mejor comprar una bolsa con chuches de plástico con azúcar. A
los mayores les han dicho que no hay tiempo para cuidar de un naranjo y de tomar de allí las naranjas para hacerse un zumo. Esas personas malvadas les han dicho que es mejor que compren un zumo empaquetado desde hace meses. Es terrible. Así
que nosotros venimos cada domingo a la ciudad a vender nuestros productos para la gente que es lista y que no quiere hacer caso a la gente malvada que quieren que coman mal.

—No hagas caso al abuelo, Luisito —dice Ana—¡No hay ningunas personas malvadas que hayan secuestrado a la gente y llevado hasta la ciudad! Lo que pasa es que Tito es un ultradefensor de la vida en el campo. Vivir en la ciudad tiene cosas también muy buenas. Por ejemplo, puedes ir al cine cuando quieras o, si necesitas ir al hospital, no tardas 5 horas como nosotros el otro día. ¡Además hay más gente para poder hacer más negocios y fiestas más grandes! Hay gente que prefiere vivir en la ciudad y otras, en el campo ¿A ti dónde te gusta vivir más?
Luis se queda pensando un rato, hasta que da con la respuesta:
–Si papá y mamá y todos mis amigos vivieran en el campo, preferiría vivir en el campo. Con vosotros.
Un señor, muy gordo y con la tez de la piel de color rosa se acerca al puesto. Luz piensa que le recuerda a alguien, pero no sabe a quién:
—¡Ah! ¡Ya sé! ¡Se parece a uno de los cerdos de la granja!
Luz decide callar su observación: no la dice en voz alta porque sería de muy mala educación.
—¿Son frescos estos huevos? —dice el señor que se parece a un cerdo.
—Sí. Las gallinas lo pusieron esta misma mañana —contesta la abuela.
—Quisiera llevarme unos cuantos huevos, por favor—dice.
—¿Cuántos huevos desea el señor?
—Una docena, por favor. Deseo hacerme unas cuantas tortillas de patatas para almorzar.
—¡Con mucho gusto!
La abuela comienza a colocar los huevos dentro de una huevera de cartón. Al tomar uno de los huevos se sorprende:
—¡Cuánto pesa este huevo! ¡Parece una piedra! —dice.
La abuela aparta ese huevo y sigue llenando la huevera.
—¿Desea algo más? —pregunta al señor cerdo.
—Quisiera también un chorizo muy grande y oloroso.
Quiero colgarlo del techo del salón. Mi mujer está muy flaca y el médico ha dicho que debería comer más. Seguro que, oliendo ese chorizo todos los días por la casa, se le despierta el apetito.
La abuela se vuelve para ir a buscar el chorizo y, sin pretenderlo, roza el huevo que había apartado. El huevo cae al suelo y se rompe. Luz recoge el huevo del suelo y, al verlo de cerca, no puede creer lo que ve:
—¡Abuela! ¡Abuelo! ¡Este huevo es de oro! —grita Luz fuera de sí.
Todo el mundo en el mercado mira hacia Luis, sorprendidos por lo que acaban de escuchar. El abuelo se acerca todo lo rápidamente que su tobillo enyesado le permite y toma el huevo:
—¡Qué tontería! ¡Ja,ja,ja,ja! No es de oro, niña, no digas tonterías. Es un huevo de madera pintado de amarillo que yo tenía aquí puesto para darle peso a las hueveras de cartón y que no se fueran volando si entra viento ¡Ja,ja,ja,ja,ja! Pero se ha roto y ya no sirve.
Y dicho esto tira el huevo a la basura.
—¡Pero abuelo! —se queja Luz.
El abuelo mira a Luz con los ojos muy abiertos, con una cara muy extraña… y le susurra en voz baja:
—Cállate, no digas nada más… que luego te explico.
Y le guiña un ojo de forma misteriosa.
Tras decir esto, el abuelo sigue trabajando y atendiendo a los clientes que van acercándose al puesto; por ejemplo unos turistas esquimales que hablan un idioma extraño y a los que no entiende: no sabe si le están pidiendo pepinos o preguntándole cómo se llega a la Catedral.
La abuela termina de atender al señor que se parece a un cerdo. Cuando Ana pasa al lado del abuelo, éste le susurra:
—¡Anita! Con disimulo, ve hasta nuestra basura sin que nadie te vea. ¡Nos ha tocado la lotería! ¡Una de nuestras gallinas da huevos de oro!
Ana abre los ojos repletos de alegría. Si la locura que está diciendo su marido es verdad…
¡Se terminaron los problemas económicos de la familia! ¡Son ricos! ¡La vida va a ser aún más maravillosa de lo que lo es ya todos los días!
Y eso habría sido así, si no fuera porque Botella estaba cerca del puesto de los abuelos.
Botella es una de los miembros de la peligrosa banda de “La banda del guante blanco”. No sólo había visto el huevo de oro y escuchado lo que Luz había gritado, sino que, además, había leído en los labios de Tito lo que le había dicho a Ana. Porque Botella, entre otras muchas cualidades que utilizaba para hacer el mal, era
una experta lectora de labios:
—¡Así que estos viejitos tienen una gallina que da huevos de oro! ¡Pues habrá que decírselo al resto de la banda y seguirlos con disimulo hasta su granja para robársela! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Con el dinero que ganemos vendiendo esa gallina me iré a vivir a la
playa y allí me dedicaré todo el día a gandulear y a beber botellas de vino y de cerveza! ¡Ja, ja, ja, ja!

colon