Capítulo 7: LA BANDA DEL GUANTE BLANCO

Capítulo 7
“LA BANDA DEL GUANTE BLANCO”

La familia recoge su puesto del Mercado, en cuanto el abuelo termina de atender a los turistas esquimales, al final no querían ni ver la Catedral ni comer pepinos: lo que querían era comprar calcetines.
—¿Cómo es que os vais tan pronto? —les preguntan los agricultores de los otros puestos— No son ni las 11 de la mañana y el Mercado casi
acaba de comenzar.
—Es que creo que me dejé la plancha encendida en la granja —miente Tito.
—Y yo dejé la puerta del gallinero abierta y tengo miedo de que el zorro venga y se coma a todas las gallinas —miente Luz.
—Y yo saqué los peces de la pecera y los dejé sobre la mesa, al lado de unas gotas de agua, para que bebieran y no se murieran de sed y seguro que los peces ya se han bebido esas gotas de agua y tienen mucha sed y empiezan a beber el ron que la abuela utiliza para cocinar —miente Luis.
—Y yo dejé a la vaca al lado de la radio y cuando ponen música, baila, se cansa mucho y deja de dar leche —miente Ana, riendo de felicidad.
—Esta gente está loca —dice uno de los comerciantes— ¡Pero qué felices se les ve!
La familia sale pitando hacia la furgoneta.
Dentro, con la puerta cerrada, todos observan el gran huevo de oro con detenimiento. Sí…¡No se han confundido! ¡Es de oro!
—Ahora tu padre dejará de estar tan preocupado con eso de no tener trabajo. Este huevo de oro dará para un año o dos de sustento familiar —dice Tito muy feliz.
—Y puede ser —dice Ana— que este no sea el único huevo de oro que ha puesto la gallina. Yo los puse todos juntos, en el cesto y nunca me di cuenta que hubiera uno que pesara más que el resto.
—Pues mira que pesa. ¡Qué raro que no te fijaras! —exclama Luis.
—Puede ser —prosigue Ana— que la gallina ponga los huevos normales y a las pocas horas, es cuando sucede el milagro y se transforman en huevos de oro ¡Revisémoslos de uno en uno!
El abuelo toma el gran cesto donde amontonan todos los huevos y lo coloca sobre sus rodillas.
Va tomándolos con la mano, uno a uno, y descartando los que pesan poco. De pronto,
su cara se pone muy roja y dice:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Creo que aquí hay otro! Así fue ¡Dos huevos de oro! ¡No! ¡Tres! ¡No!
¡Cuatro! ¡No! ¡Diez! ¡Diez huevos de oro!
—¡Esto es increíble!
—¡Esto es maravilloso!
—¡Con diez huevos de oro nos da para tomarnos todos unas vacaciones apoteósicas en Torremolinos!
—¡Ay…! Y yo que pensé que iba a morirme sin visitar nunca Torremolinos —dice la abuela llorando de emoción.
—Mañana mismo nos vamos todos a Torremolinos —decide Tito— Luz, por favor, toma tu móvil y manda un mensaje a tus papás. Escribe que dejen lo que están haciendo y que vengan ahora mismo para acá. Diles que estáis bien, pero no les digas
qué es lo que ha ocurrido. ¡Quiero ver sus caras de sorpresa cuando estén delante de los diez huevos de oro!
Luz teclea el mensaje con mucha ilusión.
—Tenemos que ir corriendo a casa a localizar esa gallina —dice Ana— Hay que cuidarla bien no sea que se la coma una comadreja o se muera de un resfriado
y no nos ponga más huevos de oro. ¡Arranca, abuela!
La furgoneta arranca, rumbo a la granja. Suena el teléfono móvil de Luz:
—¡Es mamá! ¿Qué le digo?
—Yo contesto, Luz.
El abuelo toma el teléfono y dice:
—Hija mía, ya sé que esto te parece extraño. Pero no te preocupes porque todos por aquí estamos muy bien. Por favor, llama a tu esposo y venid inmediatamente,
de verdad que es para algo bueno. Tenemos una sorpresa increíble que daros y os las queremos dar en persona. ¿Qué? No, no te puedo pasar a tu madre porque está conduciendo. ¿Que ponga el manos libres?… No entiendo… ¡Ah! ¿Cómo es eso?
¿Que se lo pregunte a Luz? Vale… ¿Luz?
Luz conecta el manos libres en el teléfono:
—Ana, ¿estás ahí? —pregunta mamá desde el altavoz.
—Sí, estoy conduciendo, hija.
—¿Los niños os han atado y os están amenazando con pincharos en la barriga con el tenedor para que los traigamos de vuelta a la ciudad?
—No, no —contesta— Los niños se están portando maravillosamente bien. De verdad que ha pasado algo extraordinario. Venid. No tengo más que contarte, salvo que vas a recibir la gran sorpresa de vuestras vidas.
—¡Venid pronto, mamá! ¡Os vais a poner muy contentos! —grita Luis desde el asiento de atrás de la furgoneta.
—Bueno… qué extraño… pues avisaré a papá y estaremos ahí mañana por la mañana… ¿Pero no podéis adelantarme algo? Soy muy curiosa y seguro que esta noche no duermo, porque la paso comiéndome las uñas por culpa de no saber qué ha ocurrido…
—¡No! —gritan los abuelos y los niños al unísono— ¡No te vamos a decir nada!
—¡Buen provecho con las uñas, hija! ¡Ponle un poco de salsa de tomate que así están más buenas!
¡Ja, ja, ja! —ríe el abuelo, burlón, antes de que Luz ponga fin a la comunicación telefónica.
La furgoneta arranca ¡Nunca se vio a pasajeros más felices!… aunque no lo estarían tanto, si supieran quienes les persiguen, con disimulo, en otro coche… Nada más y nada menos que ¡la malvada banda del guante blanco!
Voy a presentarte a dicha banda para que no digas que el narrador de esta historia es un maleducado:

banda
Botella: antes la escuchaste hablar. Es la líder de la banda… ¡La más lista, porque es la única que come fruta! ¡Sobre todo, plátanos! Como a toda la banda (son todos unos borrachos), le gusta mucho beber y eso hace que casi siempre vea doble y que se pase el día durmiendo sin enterarse de nada. Cuando despierta… no para hasta conseguir robar o atracar con su pistola a alguien y así seguir comprando botellas de
cerveza y cigarrillos.

Hombrecito: en el dibujo de arriba no se le ve bien porque es muy pequeñito. Pero si te fijas bien, está en el bolsillo de Montaña, que es el hombretón grande del centro (luego te presento a ese). Puedes ver mejor a Hombrecito en este otro dibujo:
odioAl principio Hombrecito no era un criminal. Sólo era un hombre que estaba
cansado de que, por ser tan bajito, la gente le pisara por la calle. Un día se fue a vivir al bolsillo de Montaña, allí se sentía a salvo. Al principio, cuando Botella proponía un plan para robar, Hombrecito se oponía diciendo que eso estaba mal y no había necesidad de robar, que él tenía un primo que tenía un almacén de paraguas y que les podía dar un trabajo honrado a todos. Pero, por desgracia, como era tan bajito, hablaba muy bajito y nadie de la banda logró escucharle. Con el tiempo a Hombrecito empezó a gustarle la vida de ladrón y a insultar, gritando mucho, utilizando un altavoz, desde el bolsillo de Montaña, a la gente que veía pasar:
—¡Feo!—les gritaba a todos los hombres a los que veía.
—¡Fea! —les gritaba a todas las mujeres a las que veía.
Y cuando miraban Hombrecito se reía de ellos, señalándoles con el dedo.
Como Montaña tiene un aspecto tan amenazador y desagradable, nadie se atrevía decirle a Hombrecito que insultar está muy mal.
Cuando estás mucho tiempo con gente mala, terminas convirtiéndote en una persona mala. Por eso hombrecito se aficionó a beber alcohol a todas horas y a fumar cigarrillos, como el resto de la banda.
Manazas: es el novio de Botella. Lo llaman así porque tiene unas manos muy grandes, tanto que cuando, antes, trabajaba de camarero, no le hacía falta llevar bandeja. Le echaron de su trabajo, porque se bebía todas las bebidas alcohólicas que tenía que servir. Cuando llegaba a la mesa de los clientes les decía:
—Lo siento, señor, me acabo de beber la cerveza que pidió. ¿Quiere la cuenta? ¿O quiere otra bebida para que me la beba yo también? ¿Quizás le apetezca que me beba un vino fresquito suyo?
A partir de ahí, se hizo criminal para poder seguir consiguiendo dinero para beber. Tiene las manos más grandes del mundo: tanto, que se acuesta sobre ellas para dormir.
Montaña: es un hombre muy grande, muy fuerte… pero muy tonto. Tiene 40 años y sigue haciéndose pis encima por la noche… y por el día. Se hace pis encima siempre que puede, no porque esté enfermo o no logre controlarse, sino porque dice que le gusta, que así tiene las piernas fresquitas.
Y si te fijas en el dibujo, todos llevan la misma camiseta puesta, porque la robaron juntos, el mismo día, en un supermercado.

—Vamos —dice Botella— conduce con cuidado, Manazas… que no nos descubran… Hay que pillarlos desprevenidos. Primero veremos donde viven y… por la noche, cuando estén durmiendo, entraremos en sus casas, los ataremos y nos llevaremos el huevo de oro y a la gallina que los produce.
—¿Y si se oponen? —pregunta Manazas.
—Si se oponen… ¡Los mataremos! ¡Llevo mi pistola! —contesta la cruel y malvadísima Botella.